Los derechos individuales preceden a la ley y al gobierno
[Publicado originalmente el 1 de julio de 2002].
Un tema del destacado pensamiento político contemporáneo es que nuestros derechos son regalos del gobierno. Famosos académicos como Stephen Holmes y Cass R. Sunstein lo han argumentado en su libro El coste de los derechos (W. W. Norton, 1999). Como ellos dicen, «los derechos y las libertades individuales dependen fundamentalmente de la vigorosa acción del Estado» (p. 14) y «la ausencia de Estado significa ausencia de derechos» (p. 19).
Esto es justo lo contrario de lo que pensaban los fundadores estadounidenses. En la Declaración de Independencia afirmaron, aunque de forma sucinta, que como seres humanos, venimos al mundo dotados de derechos. Estos derechos son inalienables y el gobierno se instituye para garantizarlos. Claramente, esto implica que los derechos son anteriores al gobierno.
Pero quizá Holmes y Sunstein tengan razón y los Fundadores estadounidenses lo entendieran al revés. ¿Qué podemos decir en pocas palabras para apoyar la idea de los Fundadores? Sin volver sobre la defensa de los derechos de John Locke y sus seguidores, hay algunas cuestiones sencillas que indican que Holmes y Sunstein se equivocan.
Imagine a un adulto varado en la naturaleza donde no hay ley, ni policía, ni tribunales, nada. Otra persona se encuentra con él, le ataca y le amenaza con quitarle todo lo que ha conseguido para sobrevivir. Evidentemente, la persona atacada tendría derecho a defenderse. Y si después le desafiaran a justificar su resistencia, bien podría decir: «Este hombre no respetó mis derechos como ser humano. Tuve que resistirme a él físicamente para que no pudiera tener éxito en sus amenazas». O algo parecido.
Pero si nuestros derechos dependieran de que el gobierno nos los concediera, esa línea de argumentación no se sostendría. Los atacantes podrían decir: «Puesto que el gobierno es la fuente de nuestros derechos, y no hay gobierno aquí en las tierras salvajes, usted no tiene derechos. Ni a su vida, ni a su libertad, ni a su propiedad y, desde luego, ni a la autodefensa. Al menos no hasta que se establezca un gobierno y os conceda estos derechos».
Sin duda, esto sería absurdo. Sin embargo, eso es justo lo que sucedería si el análisis de Holmes y Sunstein sobre los derechos individuales fuera sólido. Nadie tendría justificación alguna para resistirse a los atacantes a menos que algún gobierno le otorgara derechos primero. Pero en el mundo real, la gente necesita un conjunto de principios que les guíen cuando se ven amenazados por la violencia. Puede que estos principios no se expresen totalmente en los términos familiares de los derechos individuales, pero eso es a lo que equivaldrían.
Por supuesto, esto no pone fin al debate. Hay pacifistas que se opondrán, así como comunitaristas y muchos otros que rechazan la idea misma de que los individuos sean seres soberanos no sujetos sin consentimiento a la voluntad de otros. Ésa es una de las razones por las que existe una gran literatura de filosofía política.
No todos tenemos el lujo de embarcarnos en una revisión erudita de esta literatura. Pero parece que el argumento a favor de que tengamos derechos antes de que el gobierno los codifique (haciendo así que a algunos les parezca que el gobierno los concede) es más fuerte que su contrario. La simple noción de autodefensa, que tiene bastante sentido para cualquier persona racional, demuestra que los derechos individuales preceden a la ley y al gobierno.