Cómo se culpa al libre mercado por el amiguismo.
Las palabras tienen significados específicos. Lamentablemente, tanto los defensores como los críticos suelen usar mal la palabra capitalismo. Con demasiada frecuencia, lo que la gente defiende o condena no es en absoluto capitalismo de libre mercado.
Aunque existen distinciones entre capitalismo, libre empresa y libre mercado, para los fines de este ensayo uso capitalismo para referirme al capitalismo de libre mercado: un sistema económico basado en la propiedad privada, el intercambio voluntario, la competencia, la libertad de entrada y de asociación, y la libertad de contratación, incluyendo salarios negociados sin mínimos impuestos por el gobierno. El papel del gobierno es el de un árbitro: proteger los derechos de propiedad, hacer cumplir los contratos y prevenir la fuerza y el fraude, no otorgar subsidios, rescates ni privilegios especiales.
Considera Capitalism: A Love Story (2009), de Michael Moore, y Saving Capitalism (2017), de Robert Reich. Ambos critican el poder corporativo, la influencia política y los favores del gobierno a las grandes empresas. En cuanto al asistencialismo corporativo, estoy de acuerdo con sus críticas por razones económicas y morales. ¿Por qué deberían los contribuyentes subsidiar empresas que quizá nunca apoyarían voluntariamente? ¿Por qué deberían las corporaciones con conexiones políticas recibir privilegios especiales? ¿Y por qué deberían ser rescatadas, a costa de los contribuyentes, las empresas que toman malas decisiones?
Estas son quejas legítimas. Pero, ¿por qué culpar al capitalismo de libre mercado por la interferencia del gobierno en el proceso competitivo del mercado?
En un libre mercado, las empresas deben satisfacer a los clientes para obtener ganancias. Las pérdidas persistentes pueden indicar que los recursos se usarían mejor en otro lugar. En lugar de rescatar a empresas fallidas con dinero de los contribuyentes, la perspectiva del libre mercado es permitir que el proceso de mercado funcione. Como a veces les digo en broma a mis estudiantes al explicar este principio, es hora de decir “¡Bye-bye, die-die!” a las empresas que no logran satisfacer las necesidades de los consumidores. (En sentido figurado, por supuesto).
Algunos llaman al favoritismo gubernamental capitalismo de amigos. No me gusta esa expresión porque sigue asociando el problema con el capitalismo. Llamar a alguien “patán simpático” no cambia el hecho de que le estás diciendo patán a esa persona. Del mismo modo, añadir de amigos a capitalismo deja la impresión de que el capitalismo mismo es el problema. ¿Por qué no llamarlo simplemente amiguismo, asistencialismo corporativo o favoritismo gubernamental? La característica definitoria es el privilegio político, no el intercambio voluntario.
Otro error común es pensar que defender el capitalismo significa defender a las grandes empresas. Estar a favor del mercado no es lo mismo que estar a favor de las empresas. Quienes defienden el libre mercado defienden la competencia y el intercambio voluntario, no a cada corporación ni cada decisión empresarial.
Considera a los fabricantes que exigen aranceles proteccionistas, a las corporaciones que buscan incentivos fiscales exclusivos o a las industrias que presionan por regulaciones que desalientan a sus competidores. En lugar de competir por clientes, estas empresas buscan favores políticos. Los economistas llaman a esto búsqueda de rentas. Mientras mayores sean las posibles recompensas del favoritismo gubernamental, más fuerte será el incentivo de ir tras los políticos en lugar de tras los clientes.
Curiosamente, críticos de perspectivas ideológicas opuestas a veces coinciden sobre el asistencialismo corporativo. Considera a mi antiguo profesor, el fallecido economista de libre mercado Walter E. Williams, y a Robert Reich, un comentarista político progresista y exsecretario de Trabajo de EE. UU. En su video de PragerU “Is Capitalism Moral?” Williams explicó que las transacciones voluntarias de mercado son juegos de suma positiva porque ambas partes esperan beneficiarse. En contraste, describió programas gubernamentales como los subsidios agrícolas, los rescates empresariales y los cupones de alimentos como juegos de suma cero en los que algunos se benefician a expensas de otros. Reich ha criticado de manera similar el asistencialismo corporativo por beneficiar a empresas con conexiones políticas a expensas de los contribuyentes. Aunque sus filosofías económicas difieren considerablemente, ambos reconocieron los problemas asociados con el favoritismo gubernamental.
Considera la propuesta de Amazon de una segunda sede en la ciudad de Nueva York. En 2018, funcionarios estatales y locales ofrecieron a Amazon un paquete de incentivos con un valor potencial de aproximadamente $3 mil millones, principalmente mediante créditos fiscales y otros beneficios vinculados a la inversión y la creación de empleos. La representante progresista Alexandria Ocasio-Cortez se opuso al acuerdo, cuestionando por qué una corporación adinerada debería recibir un trato preferencial mientras las comunidades enfrentaban necesidades públicas apremiantes.
Un defensor del libre mercado se opondría al acuerdo por otras razones: ninguna empresa, grande o pequeña, debería recibir subsidios financiados por los contribuyentes ni privilegios especiales. La objeción no es simplemente que Amazon recibiera beneficios no disponibles para otras empresas; es que el gobierno no debería otorgar tales favores en primer lugar. Las empresas deberían competir por los dólares de los clientes, no por los dólares de los contribuyentes. El gobierno debería hacer cumplir las reglas, no elegir ganadores y perdedores.
Amazon abandonó sus planes en Nueva York en febrero de 2019, pero la controversia ilustra cómo distintas filosofías económicas pueden identificar el mismo problema. Una enfatiza la desigualdad y las prioridades públicas; la otra enfatiza la competencia y la disciplina del mercado.
El desacuerdo se extiende más allá de los subsidios hasta la cuestión del poder monopólico. En uno de sus videos, John Stossel muestra un clip de Robert Reich describiendo a Amazon como un monopolio. Stossel luego cuestiona esa caracterización, señalando que los consumidores tienen alternativas, incluyendo Walmart, Target y Alibaba. Esto plantea una pregunta importante: ¿Debería el gobierno determinar cuándo una empresa se ha vuelto “demasiado grande”, o deberían los consumidores determinar qué negocios tienen éxito mediante sus decisiones voluntarias de compra?
El tamaño de una empresa por sí solo no establece poder monopólico, ni justifica necesariamente la intervención del gobierno. Desde la perspectiva del libre mercado, la distinción relevante es entre un negocio que crece satisfaciendo a los clientes y uno que se beneficia de barreras a la competencia creadas por el gobierno. Asimismo, las fusiones voluntarias no deberían requerir aprobación gubernamental solo porque los funcionarios crean que la empresa resultante sería “demasiado grande”.
Nada de esto significa que los libres mercados requieran la ausencia total de gobierno ni que toda mala conducta corporativa sea resultado de la intervención. La distinción crucial es entre un gobierno que hace cumplir reglas generales que protegen los derechos de propiedad, los contratos y el intercambio voluntario, y un gobierno que otorga privilegios especiales o interfiere con las decisiones empresariales voluntarias, incluidas las fusiones y adquisiciones.
No hay nada incoherente en criticar la mala conducta corporativa y defender al mismo tiempo el capitalismo de libre mercado. Cualquier político que afirme apoyar los libres mercados debería, para ser filosóficamente coherente, oponerse a la intervención del gobierno más allá de proteger los derechos de propiedad, hacer cumplir los contratos y prevenir la fuerza y el fraude. Eso incluye subsidios, rescates, privilegios especiales y leyes antimonopolio que interfieren con la competencia voluntaria del mercado. El gobierno debería actuar como árbitro, no determinar qué empresas son “demasiado grandes” ni qué negocios pueden fusionarse. Los consumidores, no los políticos ni los burócratas, deberían determinar qué negocios tienen éxito y qué tan grandes llegan a ser. Lamentablemente, los políticos de ambos partidos principales afirman habitualmente apoyar los libres mercados mientras promueven políticas que los socavan.
Así que la próxima vez que alguien señale un rescate corporativo, un subsidio o un arancel proteccionista como evidencia de que el capitalismo ha fracasado, pregunta: ¿Este negocio tiene éxito porque los clientes lo apoyan voluntariamente, o porque el gobierno le otorgó una ventaja especial?
Si el problema es el favoritismo gubernamental, deja de culpar al capitalismo. Llámalo por su nombre: amiguismo.