[Publicado el 1 de septiembre de 1956].
«Aquellos que emplean la fuerza por poder son tan responsables de esa fuerza como si la emplearan ellos mismos».
Herbert Spencer, Estática social, 1865
La popularidad de Robin Hood se debe al hecho de que robaba a los ricos para ayudar a los pobres. Hay que reconocer que no era popular entre los pocos a los que robaba, sino entre los pobres a los que ayudaba, que eran más numerosos.
Robin no habría sido popular ni siquiera entre los pobres si hubiera robado a los ricos para ayudarse a sí mismo. Tampoco los pobres habrían sido populares si hubieran robado a los ricos para ayudarse a sí mismos.
Sin embargo, los ricos no fueron menos robados por el hecho de que Robin lo hiciera. Tampoco los receptores de los bienes robados eran menos ladrones porque alguien más hiciera sus robos.
El problema en esta ficción no es el robo, porque eso ya está establecido. El problema es: ¿por qué, cuando alguien más roba, no hay una conciencia culpable, un sentido de absolución? ¿Se puede hacer algo al respecto?
El análogo a esta ficción de Robin Hood es la realidad de nuestros propios sistemas políticos de tomar de unos para dar a otros. Los receptores de subsidios, por ejemplo, no tienen más sentido de culpa que los «beneficiarios» de Robin. Se asume la absolución, y por la misma razón: Alguien más —en este caso, el gobierno— hace el saqueo y el otorgamiento.
Mientras prevalezca este punto ciego, se inducirá un sentimiento de absolución; y mientras persista este falso sentimiento, el saqueo político será cada vez más aceptado como una política nacional adecuada.
¿Qué se puede hacer para reemplazar este punto ciego con comprensión?
Un poco de imaginación puede ser suficiente. Tomemos como ejemplo al beneficiario de un subsidio agrícola. Dejemos que la política gubernamental de subsidios permanezca exactamente como está. Se decreta que el granjero Jones (puede ser rico o pobre) recibirá 1000 dólares como pago por dejar de producir parte de su superficie. Pero en lugar de que el gobierno cobre por la fuerza esta cantidad en impuestos, al granjero Jones se le asigna un policía y el gobierno le autoriza a visitar personalmente a todas las familias estadounidenses, ricas y pobres por igual, y cobrar por la fuerza a cada una una cantidad específica. Haced caso omiso, por favor, de la ineficacia de este tipo de saqueo. Pensad solo en Jones haciendo personalmente el cobro, con su policía a cuestas, por supuesto.
Es fácil ver lo que sucedería en el momento en que tal saqueo personal sustituyera al saqueo impersonal del gobierno. El punto ciego dejaría de existir. La culpa ocuparía el lugar de la absolución. El granjero Jones no usaría más la fuerza para cobrar un centavo a la viuda Doakes o 50 centavos al Sr. Gotrocks de lo que robaría la vaca de su vecino.
No es necesario adoptar este plan de recaudación para deshacerse de la expoliación. Solo es necesario entender que, moralmente, no hay ni una pizca de diferencia entre el método de cobro y desembolso que se practica ahora y el que se describe aquí.
La diferencia entre los métodos impersonales y personales no es moral, sino psicológica, una brecha malsana en el pensamiento. Lo impersonal evoca una falsa absolución; lo personal, aunque sea meramente imaginado, nos obliga a ver que actuaríamos únicamente por nuestra propia integridad y escrúpulos morales.