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jueves, septiembre 1, 2022

Por qué los tiranos todavía estudian a Gorbachov

Lo que Mijaíl Gorbachov intentó hacer con la Unión Soviética es sorprendentemente relevante hoy en día.

Crédito de la imagen: Parlamento Europeo-Flickr | CC BY-NC-ND 2.0

A veces bromeo diciendo que he vivido cuatro monedas y tres líderes de la Unión Soviética. Nací en 1981, Brezhnev murió en 1982, Andropov en 1984 y Chernenko en 1985. En comparación con los anteriores líderes soviéticos, que pasaron mucho tiempo en los hospitales, algunos incluso presidiendo reuniones por videoconferencia, Mijaíl Gorbachov, que tomó el timón en 1985, parecía joven, fresco y reformista.

Gorbachov, quien falleció en Moscú a los 91 años y sigue siendo considerado por muchos en Occidente como alguien que podría haber reformado la Unión Soviética. La impresión general entre muchos es que las cosas podrían haber sido peor si alguien más sanguinario hubiese ocupado el Kremlin para el momento. Claro que no derribó el Muro de Berlín como le animó Reagan. Pero tampoco envió tanques cuando los alemanes empezaron a derribar el muro ellos mismos.

Por el contrario, muchos en Rusia, especialmente los círculos dirigentes, se lamentan de que Gorbachov fue demasiado débil, no envió suficientes tanques y permitió así el colapso de la Unión Soviética.

Curiosamente, lo que Gorbachov intentó hacer con la Unión Soviética es sorprendentemente relevante hoy en día.

El comunismo no puede sobrevivir sin la opresión totalitaria

Gorbachov introdujo la política de “Glasnost” o “Publicidad”, que, a grandes rasgos, permitió a la gente reconocer que no todo estaba bien en la Unión Soviética. Antes del Glasnost, quejarse de cuestiones mundanas (por ejemplo, la falta de carne en el supermercado) podría acarrear problemas por ser un desvariado, un contrarrevolucionario o un “agente del imperialismo”.

Aunque Glasnost no era lo que se llamaría libertad de expresión o libertad de prensa (todavía no se podía criticar el comunismo), fue un gran paso para los ciudadanos soviéticos normales, que por primera vez podían quejarse de que no había carne en los estantes y no arriesgarse a ser encarcelados. Todo el mundo empezó a reconocer que las cosas no sólo estaban mal, sino muy mal. Las personas empezaron a preguntarse si estarían mejor si se gobernaran por sí mismas.

Esto, combinado con el deseo de auto-determinación nacional, creó una situación en la que el descontento público no podía ser contenido; las voces de inconformidad eran simplemente demasiado fuertes para ser silenciadas. Sin embargo, hubo intentos. En la masacre de Tiflis de 1989 (también conocida como la tragedia del 9 de abril), los soldados soviéticos mataron a machetazos a los manifestantes georgianos (la mayoría mujeres) con palas de campo. En Lituania, en 1991, cientos de lituanos se reunieron en Vilnius para reclamar su independencia, lo que provocó que los tanques soviéticos pasaran por encima de los manifestantes pacíficos, matando a más de una docena de personas e hiriendo a cientos más.

Después de Gorbachov, los sobrevivientes y aspirantes a tiranos llegaron a la conclusión de que para mantener el poder tenían que restringir la libertad de expresión y la libertad de prensa.

Muchos políticos de hoy son tan socialistas como Gorbachov

La “Perestroika” (reconstrucción) fue otra de las políticas de Gorbachov. Reconoció las deficiencias de la planificación central, especialmente en el suministro de bienes de consumo. Intentó inyectar algo de capitalismo en la economía e incluso permitió la creación de empresas privadas limitadas. Esto fue muy significativo porque toda la planificación central soviética se basaba en la premisa marxista de que las empresas privadas son inherentemente explotadoras.

Por supuesto, las empresas privadas se limitaban a los sectores de bienes de consumo. La idea generalizada era que si los ciudadanos soviéticos querían bluejeans y chicles -bien, dejemos que las pequeñas empresas locales fabriquen pantalones jeans, tal vez entonces la gente deje de quejarse. El gobierno, sin embargo, mantendría el control total de todas las llamadas industrias importantes -energía, manufactura, minería y similares- mientras que a las masas dispuestas se les permitiría jugar en la pequeña caja de arena de los bienes de consumo.

Es fácil detectar una falla en el pensamiento de Gorbachov: si la planificación central no funciona para los bienes de consumo, no funcionaría para la producción aún más compleja. Lo que resulta horroroso es cuántos políticos del mundo libre mantienen los mismos supuestos básicos que Gorbachov. Peor aún, ¿cuántos estadounidenses de izquierda (o incluso de derecha centrista) piden que el gobierno regule o nacionalice una empresa cada vez que deciden que lo que quieren cuesta demasiado?

Una vez más, los aspirantes a tiranos estudiaron detenidamente los intentos de Gorbachov y llegaron a la conclusión (quizá correcta) de que los sistemas inherentemente defectuosos no pueden arreglarse. Es imposible arreglar la planificación central sin abolir su premisa central de que el gobierno, y no los consumidores, es quien mejor sabe qué producir y en qué cantidades. Para mantener el poder, los gobiernos tienen que controlar toda la economía, o al menos la mayor parte de ella.

Los extremistas siembran las semillas de su propia destrucción

Como se ha mencionado, a los que desean que el comunismo y la Unión Soviética nunca hubiese sido derrumbada les gusta culpar a Gorbachov. Pero lo que realmente acabó con los soviéticos fue el intento de golpe de Estado de los partidarios de la línea dura en agosto de 1991. Gorbachov fue puesto bajo arresto domiciliario, los canales de televisión empezaron a mostrar “El lago de los cisnes” de Tchaikovsky -una versión soviética de “todo está bien, no hay nada que ver aquí”, y más tarde un grupo de ancianos declaró que estaban tomando las cosas en sus manos para salvar los ideales de la revolución socialista.

Esto no le gustó a la gente que ya estaba harta. Las masas se habían vuelto contra la continuación de la Unión Soviética y el socialismo, que había provocado dolor, pobreza y opresión. Después de que las fuerzas armadas aceptaran ir con Yeltsin, los días de la Unión Soviética estaban contados. Se disolvió el 26 de diciembre de 1991, dando al mundo el mejor regalo de Navidad imaginable.

¿Cómo se aplica esto hoy en día? No se puede tener un país libre sin una verdadera libertad de expresión. No se puede tener ciudadanos empoderados si todos los aspectos de la vida económica son decididos por el gobierno. ¿Y los partidarios de la línea dura? A menudo subestiman el apoyo que realmente tienen.




  • Zilvinas Silenas is the former president of the Foundation for Economic Education (FEE).