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martes, mayo 28, 2024

La pretensión del conocimiento


[Este ensayo clásico fue presentado por Hayek con ocasión de su Premio Nobel de Economía, el 11 de diciembre de 1974. Se reproduce con permiso de la Fundación del Premio Nobel].

La ocasión particular de esta conferencia, combinada con el principal problema práctico al que los economistas tienen que enfrentarse hoy en día, han hecho que la elección de su tema sea casi inevitable. Por una parte, la reciente creación del Premio Nobel de Economía supone un paso importante en el proceso por el que, en opinión del público en general, se ha concedido a la economía parte de la dignidad y el prestigio de las ciencias físicas. Por otra parte, los economistas están llamados en este momento a decir cómo sacar al mundo libre de la grave amenaza de la aceleración de la inflación que, hay que admitir, ha sido provocada por las políticas que la mayoría de los economistas recomendaron e incluso instaron a los gobiernos a seguir. De hecho, en este momento tenemos pocos motivos para enorgullecernos: como profesión hemos hecho un desastre.

Me parece que este fracaso de los economistas a la hora de orientar mejor la política está estrechamente relacionado con su propensión a imitar lo más fielmente posible los procedimientos de las ciencias físicas, que tanto éxito han tenido, un intento que en nuestro campo puede conducir a un error absoluto. Se trata de un enfoque que se ha dado en llamar actitud «cientificista», una actitud que, como la definí hace unos treinta años, «es decididamente acientífica en el verdadero sentido de la palabra, ya que implica una aplicación mecánica y acrítica de los hábitos de pensamiento a campos distintos de aquellos en los que se han formado»1. Hoy quiero empezar explicando cómo algunos de los errores más graves de la política económica reciente son consecuencia directa de este error cientificista.

La teoría que ha guiado la política monetaria y financiera durante los últimos treinta años, y que yo sostengo que es en gran medida el producto de esa concepción errónea del procedimiento científico adecuado, consiste en la afirmación de que existe una simple correlación positiva entre el empleo total y el tamaño de la demanda agregada de bienes y servicios; conduce a la creencia de que podemos asegurar permanentemente el pleno empleo manteniendo el gasto monetario total en un nivel adecuado. Entre las diversas teorías propuestas para explicar el desempleo extensivo, ésta es probablemente la única en la que se pueden aducir pruebas cuantitativas sólidas. No obstante, considero que es fundamentalmente falsa y que actuar en consecuencia, como estamos experimentando ahora, es muy perjudicial.

Esto me lleva a la cuestión crucial. A diferencia de lo que ocurre en las ciencias físicas, en la economía y en otras disciplinas que tratan fenómenos esencialmente complejos, los aspectos de los acontecimientos de los que podemos obtener datos cuantitativos son necesariamente limitados y pueden no incluir los importantes. Mientras que en las ciencias físicas se suele suponer, probablemente con razón, que cualquier factor importante que determine los acontecimientos observados será a su vez directamente observable y mensurable, en el estudio de fenómenos tan complejos como el mercado, que dependen de las acciones de muchos individuos, todas las circunstancias que determinarán el resultado de un proceso, por razones que explicaré más adelante, difícilmente serán nunca plenamente conocidas o mensurables. Y mientras que en las ciencias físicas el investigador podrá medir lo que, sobre la base de una teoría prima facie, considere importante, en las ciencias sociales a menudo se considera importante lo que resulta accesible a la medición. Esto se lleva a veces hasta el punto de que se exige que nuestras teorías se formulen en términos tales que sólo se refieran a magnitudes mensurables.

Es difícil negar que esta exigencia limita arbitrariamente los hechos que deben admitirse como posibles causas de los acontecimientos del mundo real. Este punto de vista, que a menudo se acepta ingenuamente como una exigencia del procedimiento científico, tiene consecuencias bastante paradójicas. Conocemos, por supuesto, con respecto al mercado y a estructuras sociales similares, un gran número de hechos que no podemos medir y sobre los que, de hecho, sólo disponemos de información muy imprecisa y general. Y dado que los efectos de estos hechos en un caso particular no pueden ser confirmados por pruebas cuantitativas, son simplemente ignorados por aquellos que han jurado admitir sólo lo que consideran pruebas científicas: a partir de ahí proceden alegremente sobre la ficción de que los factores que pueden medir son los únicos relevantes.

La correlación entre la demanda agregada y el empleo total, por ejemplo, puede ser sólo aproximada, pero como es la única sobre la que tenemos datos cuantitativos, se acepta como la única conexión causal que cuenta. Según este criterio, puede haber mejores pruebas «científicas» para una teoría falsa, que se aceptará porque es más «científica», que para una explicación válida, que se rechazará porque no hay pruebas cuantitativas suficientes.

Permítanme ilustrar esto con un breve esbozo de lo que considero la principal causa real del desempleo extensivo, un relato que también explicará por qué dicho desempleo no puede ser curado de forma duradera por las políticas inflacionistas recomendadas por la teoría ahora de moda. Esta explicación correcta me parece ser la existencia de discrepancias entre la distribución de la demanda entre los diferentes bienes y servicios y la asignación de mano de obra y otros recursos entre la producción de esos productos. Poseemos un conocimiento «cualitativo» bastante bueno de las fuerzas por las que se produce una correspondencia entre la demanda y la oferta en los diferentes sectores del sistema económico, de las condiciones en las que se logrará y de los factores que pueden impedir dicho ajuste. Los distintos pasos de este proceso se basan en hechos de la experiencia cotidiana, y pocos de los que se tomen la molestia de seguir el argumento pondrán en duda la validez de los supuestos de hecho o la corrección lógica de las conclusiones que se extraen de ellos. De hecho, tenemos buenas razones para creer que el desempleo indica que la estructura de los precios y salarios relativos ha sido distorsionada (normalmente por la fijación de precios monopolística o gubernamental), y que para restablecer la igualdad entre la oferta y la demanda de trabajo en todos los sectores serán necesarios cambios en los precios relativos y algunas transferencias de mano de obra.

Pero cuando se nos piden pruebas cuantitativas de la estructura concreta de precios y salarios que sería necesaria para asegurar una venta continua y sin problemas de los productos y servicios ofrecidos, debemos admitir que no disponemos de tal información. Conocemos, en otras palabras, las condiciones generales en las que se establecerá lo que llamamos, de forma un tanto engañosa, un equilibrio: pero nunca sabemos cuáles son los precios o salarios concretos que existirían si el mercado produjera dicho equilibrio. Sólo podemos decir cuáles son las condiciones en las que podemos esperar que el mercado establezca precios y salarios en los que la demanda iguale a la oferta. Pero nunca podemos producir información estadística que muestre cuánto se desvían los precios y salarios vigentes de los que asegurarían una venta continua de la oferta actual de mano de obra. Aunque esta explicación de las causas del desempleo es una teoría empírica, en el sentido de que podría demostrarse su falsedad, por ejemplo, si, con una oferta monetaria constante, un aumento general de los salarios no condujera al desempleo, no es ciertamente el tipo de teoría que podríamos utilizar para obtener predicciones numéricas específicas sobre las tasas de salarios, o la distribución del trabajo, que cabe esperar.

¿Por qué, sin embargo, en economía, tenemos que alegar ignorancia del tipo de hechos sobre los que, en el caso de una teoría física, se esperaría ciertamente que un científico diera información precisa? No es de extrañar que quienes se han dejado impresionar por el ejemplo de las ciencias físicas encuentren esta posición muy insatisfactoria e insistan en los estándares de prueba que allí encuentran. La razón de este estado de cosas es el hecho, al que ya me he referido brevemente, de que las ciencias sociales, como gran parte de la biología pero a diferencia de la mayoría de los campos de las ciencias físicas, tienen que tratar con estructuras de complejidad esencial, es decir, con estructuras cuyas propiedades características sólo pueden exhibirse mediante modelos compuestos por un número relativamente grande de variables. La competencia, por ejemplo, es un proceso que sólo producirá determinados resultados si se desarrolla entre un número bastante grande de personas que actúan.

En algunos campos, sobre todo cuando se plantean problemas similares en las ciencias físicas, las dificultades pueden superarse utilizando, en lugar de información específica sobre los elementos individuales, datos sobre la frecuencia relativa, o la probabilidad, de que se den las distintas propiedades distintivas de los elementos. Pero esto sólo es cierto cuando tenemos que tratar con lo que el Dr. Warren Weaver (anteriormente de la Fundación Rockefeller) ha llamado, con una distinción que debería ser mucho más ampliamente entendida, «fenómenos de complejidad no organizada», en contraste con los «fenómenos de complejidad organizada» con los que tenemos que tratar en las ciencias sociales.2 La complejidad organizada significa aquí que el carácter de las estructuras que la muestran depende no sólo de las propiedades de los elementos individuales que las componen y de la frecuencia relativa con que se producen, sino también de la forma en que los elementos individuales están conectados entre sí. Por esta razón, en la explicación del funcionamiento de tales estructuras no podemos sustituir la información sobre los elementos individuales por información estadística, sino que necesitamos información completa sobre cada elemento si queremos derivar de nuestra teoría predicciones específicas sobre acontecimientos individuales. Sin esa información específica sobre los elementos individuales, nos limitaremos a lo que en otra ocasión he llamado meras predicciones de patrones: predicciones de algunos de los atributos generales de las estructuras que se formarán, pero que no contienen afirmaciones específicas sobre los elementos individuales de los que se compondrán las estructuras.3

Esto es especialmente cierto en el caso de nuestras teorías sobre la determinación de los sistemas de precios y salarios relativos que se formarán en un mercado que funcione correctamente. En la determinación de estos precios y salarios entrarán los efectos de la información particular que posee cada uno de los participantes en el proceso de mercado, una suma de hechos que en su totalidad no puede ser conocida por el observador científico ni por ningún otro cerebro. De hecho, es la fuente de la superioridad del orden de mercado y la razón por la que, cuando no es suprimido por los poderes del gobierno, desplaza regularmente a otros tipos de orden, que en la asignación resultante de los recursos se utilizará más del conocimiento de hechos particulares que sólo existe disperso entre un sinnúmero de personas, de lo que cualquier persona puede poseer. Pero como nosotros, los científicos observadores, nunca podemos conocer todos los factores determinantes de ese orden y, en consecuencia, tampoco podemos saber en qué estructura concreta de precios y salarios la demanda igualaría en todas partes a la oferta, tampoco podemos medir las desviaciones de ese orden; ni podemos probar estadísticamente nuestra teoría de que son las desviaciones de ese sistema de «equilibrio» de precios y salarios las que hacen imposible vender algunos de los productos y servicios a los precios a los que se ofrecen.

Antes de continuar con mi preocupación inmediata, los efectos de todo ello en las políticas de empleo que se aplican actualmente, permítanme definir más concretamente las limitaciones inherentes a nuestros conocimientos numéricos que tan a menudo se pasan por alto. Quiero hacer esto para no dar la impresión de que en general rechazo el método matemático en economía. De hecho, considero que la gran ventaja de la técnica matemática es que nos permite describir, mediante ecuaciones algebraicas, el carácter general de un patrón incluso cuando ignoramos los valores numéricos que determinarán su manifestación particular. Sin esta técnica algebraica, difícilmente habríamos podido obtener esa imagen completa de las interdependencias mutuas de los distintos acontecimientos de un mercado. Sin embargo, ha llevado a la ilusión de que podemos utilizar esta técnica para la determinación y predicción de los valores numéricos de esas magnitudes; y esto ha conducido a una vana búsqueda de constantes cuantitativas o numéricas. Esto sucedió a pesar de que los modernos fundadores de la economía matemática no tenían tales ilusiones. Es cierto que sus sistemas de ecuaciones que describen la pauta de un equilibrio de mercado están tan encuadrados que si fuéramos capaces de rellenar todos los espacios en blanco de las fórmulas abstractas, es decir, si conociéramos todos los parámetros de estas ecuaciones, podríamos calcular los precios y las cantidades de todas las mercancías y servicios vendidos. Pero, como dijo claramente Vilfredo Pareto, uno de los fundadores de esta teoría, su propósito no puede ser «llegar a un cálculo numérico de los precios», porque, como él mismo dijo, sería «absurdo» suponer que pudiéramos conocer todos los datos.4 De hecho, el punto principal ya fue visto por esos notables anticipadores de la economía moderna, los escolares españoles del siglo XVI, quienes enfatizaron que lo que ellos llamaban pretium mathematicum, el precio matemático, dependía de tantas circunstancias particulares que nunca podría ser conocido por el hombre, sino que sólo era conocido por Dios.5 A veces desearía que nuestros economistas matemáticos tomaran esto en serio. Debo confesar que todavía dudo de que su búsqueda de magnitudes mensurables haya contribuido de forma significativa a nuestra comprensión teórica de los fenómenos económicos, a diferencia de su valor como descripción de situaciones particulares. Tampoco estoy dispuesto a aceptar la excusa de que esta rama de la investigación es todavía muy joven: Sir William Petty, el fundador de la econometría, ¡fue después de todo un colega algo mayor de Sir Isaac Newton en la Royal Society!

Puede haber pocos casos en los que la superstición de que sólo las magnitudes mensurables pueden ser importantes haya hecho un daño positivo en el campo económico: pero los actuales problemas de inflación y empleo son muy graves. Su efecto ha sido que lo que probablemente es la verdadera causa del desempleo generalizado ha sido ignorada por la mayoría de los economistas de mentalidad cientificista, porque su funcionamiento no podía ser confirmado por relaciones directamente observables entre magnitudes mensurables, y que una concentración casi exclusiva en fenómenos superficiales cuantitativamente mensurables ha producido una política que ha empeorado las cosas.

Por supuesto, hay que admitir que el tipo de teoría que considero como la verdadera explicación del desempleo es una teoría de contenido algo limitado porque sólo nos permite hacer predicciones muy generales sobre el tipo de acontecimientos que debemos esperar en una situación dada. Pero los efectos sobre la política de las construcciones más ambiciosas no han sido muy afortunados y confieso que prefiero un conocimiento verdadero pero imperfecto, aunque deje mucho indeterminado e imprevisible, a una pretensión de conocimiento exacto que probablemente sea falsa. El crédito que la aparente conformidad con las normas científicas reconocidas puede granjear a teorías aparentemente simples pero falsas puede tener, como demuestra el presente caso, graves consecuencias.

De hecho, en el caso analizado, las mismas medidas que la teoría «macroeconómica» dominante ha recomendado como remedio para el desempleo, a saber, el aumento de la demanda agregada, se han convertido en la causa de una muy amplia mala asignación de recursos que probablemente hará inevitable el desempleo a gran escala posterior. La inyección continua de cantidades adicionales de dinero en puntos del sistema económico donde crea una demanda temporal que debe cesar cuando el aumento de la cantidad de dinero se detiene o se ralentiza, junto con la expectativa de una subida continua de los precios, atrae mano de obra y otros recursos hacia empleos que sólo pueden durar mientras el aumento de la cantidad de dinero continúe al mismo ritmo – o quizás incluso sólo mientras continúe acelerándose a un ritmo dado. Lo que esta política ha producido no es tanto un nivel de empleo que no podría haberse conseguido de otra manera, como una distribución del empleo que no puede mantenerse indefinidamente y que, pasado cierto tiempo, sólo puede mantenerse mediante una tasa de inflación que conduciría rápidamente a una desorganización de toda la actividad económica. El hecho es que una visión teórica errónea nos ha llevado a una situación precaria en la que no podemos evitar que vuelva a aparecer un desempleo sustancial; no porque, como a veces se tergiversa esta visión, este desempleo se provoque deliberadamente como medio para combatir la inflación, sino porque ahora está destinado a producirse como una consecuencia profundamente lamentable pero ineludible de las políticas erróneas del pasado tan pronto como la inflación deje de acelerarse.

Debo, sin embargo, dejar ahora estos problemas de importancia práctica inmediata que he introducido principalmente como ilustración de las consecuencias trascendentales que pueden derivarse de errores relativos a problemas abstractos de la filosofía de la ciencia. Hay tantas razones para temer los peligros a largo plazo creados en un campo mucho más amplio por la aceptación acrítica de afirmaciones que tienen la apariencia de ser científicas como las que hay con respecto a los problemas que acabo de discutir. Lo que he querido poner de manifiesto principalmente con la ilustración del tema es que, ciertamente en mi campo, pero creo que también en general en las ciencias del hombre, lo que superficialmente parece el procedimiento más científico es a menudo el más acientífico, y, más allá de esto, que en estos campos hay límites definidos a lo que podemos esperar que la ciencia consiga. Esto significa que confiar a la ciencia -o controlar deliberadamente según principios científicos- más de lo que el método científico puede lograr puede tener efectos deplorables. Por supuesto, el progreso de las ciencias naturales en los tiempos modernos ha superado con creces todas las expectativas, por lo que cualquier sugerencia de que pueda haber algunos límites al mismo está destinada a despertar sospechas. Especialmente se resistirán a tal idea quienes hayan esperado que nuestro creciente poder de predicción y control, generalmente considerado como el resultado característico del avance científico, aplicado a los procesos de la sociedad, nos permitiría pronto moldear la sociedad enteramente a nuestro gusto. Es cierto que, en contraste con la euforia que suelen producir los descubrimientos de las ciencias físicas, los conocimientos que obtenemos del estudio de la sociedad tienen más a menudo un efecto amortiguador sobre nuestras aspiraciones; y quizá no sorprenda que los miembros más jóvenes e impetuosos de nuestra profesión no siempre estén dispuestos a aceptarlo. Sin embargo, la confianza en el poder ilimitado de la ciencia se basa con demasiada frecuencia en la falsa creencia de que el método científico consiste en la aplicación de una técnica prefabricada, o en imitar la forma más que el fondo del procedimiento científico, como si bastara con seguir unas recetas de cocina para resolver todos los problemas sociales. A veces casi parece como si las técnicas de la ciencia fueran más fáciles de aprender que el pensamiento que nos muestra cuáles son los problemas y cómo abordarlos.

El conflicto entre lo que, en su estado de ánimo actual, el público espera que la ciencia consiga para satisfacer las esperanzas populares y lo que realmente está en su mano es un asunto grave porque, aunque todos los verdaderos científicos deberían reconocer las limitaciones de lo que pueden hacer en el campo de los asuntos humanos, mientras el público espere más siempre habrá algunos que pretenderán, y quizá crean honestamente, que pueden hacer más para satisfacer las demandas populares de lo que realmente está en su mano. A menudo es bastante difícil para el experto, y ciertamente en muchos casos imposible para el profano, distinguir entre afirmaciones legítimas e ilegítimas presentadas en nombre de la ciencia. La enorme publicidad dada recientemente por los medios de comunicación a un informe que se pronuncia en nombre de la ciencia sobre Los límites del crecimiento, y el silencio de los mismos medios sobre las críticas devastadoras que ha recibido este informe por parte de los expertos competentes6, debe hacernos sentir algo aprensivos sobre el uso que puede hacerse del prestigio de la ciencia. Pero no sólo en el campo de la economía se hacen afirmaciones de gran alcance en favor de una dirección más científica de todas las actividades humanas y de la conveniencia de sustituir los procesos espontáneos por un «control humano consciente». Si no me equivoco, la psicología, la psiquiatría y algunas ramas de la sociología, por no hablar de la llamada filosofía de la historia, están aún más afectadas por lo que he llamado el prejuicio cientificista, y por afirmaciones engañosas de lo que la ciencia puede lograr.7

Si queremos salvaguardar la reputación de la ciencia e impedir la arrogación de conocimiento basada en una similitud superficial de procedimiento con el de las ciencias físicas, habrá que dedicar muchos esfuerzos a desacreditar tales arrogaciones, algunas de las cuales se han convertido ya en intereses creados de departamentos universitarios establecidos. No podemos estar lo suficientemente agradecidos a filósofos de la ciencia modernos como Sir Karl Popper por darnos una prueba con la que podemos distinguir entre lo que podemos aceptar como científico y lo que no, una prueba que estoy seguro que algunas doctrinas ampliamente aceptadas como científicas no pasarían. Hay algunos problemas especiales, sin embargo, en relación con esos fenómenos esencialmente complejos de los que las estructuras sociales son un ejemplo tan importante, que me hacen desear reafirmar para concluir en términos más generales las razones por las que en estos campos no sólo hay obstáculos absolutos para la predicción de acontecimientos específicos, sino por qué actuar como si poseyéramos un conocimiento científico que nos permitiera trascenderlos puede convertirse en sí mismo en un serio obstáculo para el avance del intelecto humano.

El punto principal que debemos recordar es que el gran y rápido avance de las ciencias físicas tuvo lugar en campos en los que se demostró que la explicación y la predicción podían basarse en leyes que daban cuenta de los fenómenos observados como funciones de comparativamente pocas variables, ya fueran hechos particulares o frecuencias relativas de sucesos. Esta puede ser incluso la razón última por la que singularizamos estos ámbitos como «físicos» en contraste con aquellas estructuras más altamente organizadas que aquí he denominado fenómenos esencialmente complejos. No hay ninguna razón por la que la posición deba ser la misma en estos últimos campos que en los primeros. Las dificultades que encontramos en estos últimos no son, como podría sospecharse en un principio, dificultades para formular teorías que expliquen los hechos observados, aunque también causan dificultades especiales para poner a prueba las explicaciones propuestas y, por tanto, para eliminar las malas teorías. Se deben al principal problema que surge cuando aplicamos nuestras teorías a cualquier situación concreta del mundo real. Una teoría de fenómenos esencialmente complejos debe referirse a un gran número de hechos particulares; y para derivar una predicción de ella, o para probarla, tenemos que averiguar todos estos hechos particulares. Una vez conseguido esto, no debería haber ninguna dificultad especial para derivar predicciones comprobables: con la ayuda de los ordenadores modernos, debería ser bastante fácil insertar estos datos en los espacios en blanco apropiados de las fórmulas teóricas y derivar una predicción. La verdadera dificultad, a cuya solución la ciencia tiene poco que aportar y que a veces resulta insoluble, consiste en determinar los hechos concretos.

Un ejemplo sencillo mostrará la naturaleza de esta dificultad. Consideremos un juego de pelota jugado por unas cuantas personas de habilidad aproximadamente igual. Si, además del conocimiento general de la habilidad de cada uno de los jugadores, conociéramos algunos hechos concretos, como su estado de atención, sus percepciones y el estado de su corazón, pulmones, músculos, etc. en cada momento del juego, probablemente podríamos predecir el resultado. De hecho, si conociéramos bien el juego y los equipos, probablemente tendríamos una idea bastante sagaz de lo que dependerá el resultado. Pero, por supuesto, no podremos determinar esos hechos y, en consecuencia, el resultado del partido estará fuera del rango de lo científicamente predecible, por muy bien que sepamos qué efectos tendrían determinados acontecimientos en el resultado del partido. Esto no significa que no podamos hacer ninguna predicción sobre el desarrollo del juego. Si conocemos las reglas de los distintos juegos, al observar uno sabremos muy pronto a qué juego se está jugando y qué tipo de acciones podemos esperar y cuáles no. Pero nuestra capacidad de predicción se limitará a esas características generales de los acontecimientos que cabe esperar y no incluirá la capacidad de predecir acontecimientos individuales concretos.

Esto corresponde a lo que antes he llamado meras predicciones de patrones, a las que nos vemos cada vez más confinados a medida que penetramos desde el reino en el que prevalecen leyes relativamente simples hacia la gama de fenómenos en los que impera la complejidad organizada. A medida que avanzamos nos encontramos cada vez con más frecuencia con que, de hecho, sólo podemos determinar algunas, pero no todas, las circunstancias particulares que determinan el resultado de un proceso dado y, en consecuencia, sólo podemos predecir algunas, pero no todas, las propiedades del resultado que debemos esperar. A menudo, todo lo que podremos predecir será alguna característica abstracta del modelo que aparecerá: relaciones entre tipos de elementos sobre los que individualmente sabemos muy poco. Sin embargo, como me empeño en repetir, conseguiremos predicciones que pueden ser falsificadas y que, por tanto, tienen importancia empírica.

Por supuesto, en comparación con las predicciones precisas que hemos aprendido a esperar en las ciencias físicas, este tipo de meras predicciones de patrones es una segunda mejor opción con la que a uno no le gusta tener que conformarse. Sin embargo, el peligro del que quiero advertir es precisamente la creencia de que para tener una pretensión de ser aceptado como científico es necesario conseguir más. Por este camino se esconde la charlatanería y cosas peores. Actuar sobre la base de la creencia de que poseemos el conocimiento y el poder que nos permiten moldear los procesos de la sociedad totalmente a nuestro gusto, conocimiento que de hecho no poseemos, es probable que nos haga mucho daño. En las ciencias físicas puede haber pocas objeciones a intentar hacer lo imposible; incluso se podría pensar que no hay que desalentar a los demasiado confiados porque sus experimentos pueden, después de todo, producir algunas nuevas ideas. Pero en el ámbito social, la creencia errónea de que el ejercicio de algún poder tendría consecuencias beneficiosas es probable que lleve a conferir a alguna autoridad un nuevo poder para coaccionar a otros hombres. Incluso si tal poder no es malo en sí mismo, es probable que su ejercicio impida el funcionamiento de esas fuerzas ordenadoras espontáneas por las que, sin comprenderlas, el hombre es de hecho tan ampliamente asistido en la persecución de sus objetivos. Apenas estamos empezando a comprender en qué sutil sistema de comunicación se basa el funcionamiento de una sociedad industrial avanzada, un sistema de comunicación que llamamos mercado y que resulta ser un mecanismo más eficaz para digerir la información dispersa que cualquiera que el hombre haya diseñado deliberadamente.

Si el hombre no quiere hacer más mal que bien en sus esfuerzos por mejorar el orden social, tendrá que aprender que en éste, como en todos los demás campos en los que prevalece una complejidad esencial de tipo organizado, no puede adquirir el conocimiento completo que haría posible el dominio de los acontecimientos. Por lo tanto, tendrá que utilizar los conocimientos que pueda alcanzar, no para dar forma a los resultados como el artesano da forma a su obra, sino más bien para cultivar un crecimiento proporcionando el entorno adecuado, a la manera en que el jardinero lo hace con sus plantas. Existe un peligro en la exuberante sensación de poder cada vez mayor que ha engendrado el avance de las ciencias físicas y que tienta al hombre a intentar, «mareado por el éxito», por utilizar una frase característica del comunismo primitivo, someter no sólo nuestro entorno natural sino también nuestro entorno humano al control de una voluntad humana. El reconocimiento de los límites insuperables de su conocimiento debería, en efecto, enseñar al estudioso de la sociedad una lección de humildad que le protegiera de convertirse en cómplice del esfuerzo fatal de los hombres por controlar la sociedad, un esfuerzo que no sólo le convierte en tirano de sus semejantes, sino que puede convertirle en el destructor de una civilización que ningún cerebro ha diseñado, sino que ha crecido a partir de los esfuerzos libres de millones de individuos.

1. «El cientificismo y el estudio de la sociedad», Economica, vol. IX, núm. 35, agosto de 1942, reimpreso en The Counter-Revolution of Science, Glencoe, Ill., 1952, p. 15 de esta reimpresión.

2. Warren Weaver, «A Quarter Century in the Natural Sciences», The Rockefeller Foundation Annual Report 1958, capítulo I, «Science and Complexity».

3. Véase mi ensayo «The Theory of Complex Phenomena» en The Critical Approach to Science and Philosophy. Essays in Honor of K.R. Popper, ed. M. Bunge, Nueva York 1964. M. Bunge, Nueva York 1964, y reimpreso (con adiciones) en mis Studies in Philosophy, Politics and Economics, Londres y Chicago 1967.

4. V. Pareto, Manuel d’économie politique, 2ª ed., París 1927, pp. 223-4.

5. Véase, por ejemplo, Luis Molina, De iustitia et iure, Colonia 1596-1600, tom. II, disp. 347, núm. 3, y particularmente Johannes de Lugo, Disputationum de iustitia et iure tomus secundus, Lyon 1642, disp. 26, secc. 4, núm. 40.

6. Véase Los límites del crecimiento: A Report of the Club of Rome’s Project on the Predicament of Mankind, Nueva York 1972; para un examen sistemático de ello por un economista competente cf. Wilfred Beckerman, In Defence of Economic Growth, Londres 1974, y, para una lista de críticas anteriores de expertos, Gottfried Haberler, Economic Growth and Stability, Los Ángeles 1974, quien califica acertadamente su efecto de «devastador».

7. He dado algunos ejemplos de estas tendencias en otros campos en mi conferencia inaugural como profesor visitante en la Universidad de Salzburgo, Die Irrtümer des Konstruktivismus und die Grundlagen legitimer Kritik gesellschaftlicher Gebilde, Munich 1970, ahora reeditado para el Instituto Walter Eucken, en Freiburg i.Brg. por J.C.B. Mohr, Tübingen 1975.


  • Friedrich Hayek  (1899 – 1992) was an economist and philosopher, author of seminal works that changed intellectual history, who won the Nobel Memorial Prize in Economic Sciences for his pioneering work in the theory of money and economic fluctuations and penetrating analysis of the interdependence of economic, social and institutional phenomena. He taught in Vienna, London, and Chicago.