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martes, enero 20, 2026 Read in English
Crédito de la imagen: FEE

Bruselas vs. Washington


La brecha transatlántica en la regulación digital.

Durante años, Europa ha intentado convencerse de que podía regular su camino hacia la grandeza tecnológica. En lugar de convertirse en una potencia tecnológica, produjo reglas—muchas reglas—cuyos efectos ahora se extienden mucho más allá de sus propias fronteras. En 2026, esas reglas chocan frontalmente con un presidente estadounidense que se niega a aceptar que la innovación de Estados Unidos sea gobernada desde Bruselas.

Dos regulaciones se sitúan en el centro de esta tensión creciente. La Ley de Mercados Digitales (Digital Markets Act, DMA) se aplica a las mayores plataformas digitales del mundo, los llamados gatekeepers, y las obliga a abrir sus ecosistemas, compartir datos y abandonar prácticas empresariales que son centrales para sus modelos. La Ley de Servicios Digitales (Digital Services Act, DSA) regula el contenido y los algoritmos de las plataformas, exigiendo la eliminación de información considerada ilegal o perjudicial, con toda la subjetividad que ello implica. Esto entraña el riesgo de otorgar a una autoridad supranacional poder directo sobre la expresión en línea, al obligar a las plataformas a retirar contenidos que no cumplan con directrices regulatorias.

Estas leyes, que entraron en vigor en 2022 en el caso del DSA y en 2024 en el del DMA, parecen diseñadas pensando en las mayores empresas tecnológicas estadounidenses. Cinco de las seis compañías designadas como gatekeepers bajo el DMA tienen su sede en Estados Unidos, al igual que la abrumadora mayoría de las plataformas sujetas al DSA.

Esto ha colocado a empresas como Apple, Google y Meta bajo una supervisión constante por parte de Bruselas, obligándolas a modificar productos para poder operar en el mercado europeo, con consecuencias no solo para las propias firmas, sino también para los consumidores y para la innovación en general.

En 2025, solo en virtud del DMA, Apple fue multada con 500 millones de euros y obligada a abrir iOS a tiendas de aplicaciones y sistemas de pago rivales. Meta recibió una multa de 200 millones de euros y se le exigió modificar la forma en que utiliza los datos de los usuarios.

En aplicación del derecho de competencia de la UE, Google también recibió una multa histórica de 2.950 millones de euros por un presunto abuso de posición dominante en el sector digital y fue obligada a rediseñar aspectos clave de su motor de búsqueda y de su negocio publicitario.

Al asumir el cargo, Donald Trump identificó este intervencionismo europeo como aranceles encubiertos que elevan artificialmente los costos de las empresas estadounidenses y les arrebatan ventajas competitivas. Amenazó con invocar la Sección 301 de la legislación comercial de Estados Unidos—la misma herramienta utilizada contra China—para tomar represalias, intensificando de manera significativa las tensiones entre Bruselas y Washington.

En diciembre de 2025, esa tensión tomó un rostro concreto: X. La Comisión Europea multó a la plataforma de Elon Musk con 120 millones de euros en virtud del DSA, acusándola de no gestionar los llamados riesgos sistémicos vinculados a la circulación de información política. Para Musk, esto equivalía a un ataque a la libertad de expresión. El episodio parece haber desencadenado una escalada diplomática y comercial transatlántica más amplia. Washington respondió imponiendo prohibiciones de visado a cinco funcionarios y expertos europeos asociados con el DSA y amenazó con aranceles y restricciones contra empresas europeas como SAP, Capgemini y Mistral AI si Bruselas no daba marcha atrás.

El conflicto ya se ha extendido más allá de la Unión Europea. El Reino Unido y Australia han comenzado a debatir restricciones a X, citando riesgos relacionados con la desinformación y la seguridad en línea, lo que refuerza la percepción de que Bruselas se está afirmando como un regulador digital global.

A pesar de la presión de la administración Trump, la Unión Europea no muestra señales de desacelerar. En 2026 entra plenamente en vigor otra regulación, la Ley de Inteligencia Artificial (AI Act), que parece una vez más hecha a la medida de las empresas estadounidenses. Somete a los sistemas de IA considerados de alto riesgo—incluida la IA utilizada en contratación, crédito, salud, seguridad pública, moderación de contenidos y herramientas generativas de alto impacto—a evaluaciones de riesgo obligatorias, supervisión humana y restricciones que no existen en ningún otro gran mercado. Estos requisitos retrasarán lanzamientos de productos, elevarán costos y obligarán a las empresas a diseñar tecnologías conforme a criterios políticos definidos fuera de Estados Unidos.

Como resultado, 2026 se perfila como un año especialmente difícil. Desde una perspectiva geopolítica, el riesgo más inmediato es la erosión de la relación transatlántica en un sector estratégico. Hoy la tecnología es un instrumento de poder, y esta escalada entre aliados probablemente genere bloques regulatorios incompatibles, fragmentando la economía digital, debilitando a Occidente y abriendo espacio a modelos alternativos, en particular el enfoque estatalmente controlado de China.

Los consumidores son quienes más pueden perder con este conflicto, en dos pilares centrales de cualquier orden liberal clásico: primero, el libre mercado, ya que el aumento de los costos de cumplimiento se traducirá inevitablemente en precios más altos; segundo, la libertad de expresión en línea, cada vez más constreñida por incentivos a una moderación excesiva y a la eliminación preventiva de contenidos lícitos pero controvertidos.

En un momento en que el mundo avanza rápidamente en inteligencia artificial, automatización y las tecnologías que definirán la próxima década, la Unión Europea se mueve en la dirección opuesta, profundizando un intervencionismo que excede el papel que debería desempeñar el Estado.

La Unión Europea debe reducir barreras, simplificar normas, promover la competencia y permitir que la innovación florezca sin una supervisión política permanente.

En el mundo actual, como siempre, la liberalización de los mercados no es una amenaza para los consumidores. Es su protección más sólida y el verdadero motor del progreso.


  • Cláudia Ascensão Nunes es una escritora y comentarista política portuguesa. Es presidenta de Ladies of Liberty Alliance – Portugal y columnista en publicaciones tanto nacionales como internacionales. Cláudia colabora con Young Voices y se enfoca en la libertad económica, la política europea y la cooperación transatlántica. Tiene más de 20,000 seguidores en X (antes Twitter), donde comparte análisis sobre política, liberalismo y temas culturales.