Suponer que se pueden extraer conclusiones políticas útiles a partir de modelos simples o incluso fantasiosos requiere un gigantesco acto de fe.
Al hablar de economía y, especialmente, de política económica, los economistas de la corriente dominante llevan más o menos un siglo enamorados de la optimalidad. Han construido muchos modelos matemáticos de los que han derivado condiciones relacionadas con los aranceles óptimos, la población óptima, la oferta monetaria óptima, los impuestos óptimos, los subsidios óptimos, etcétera. De hecho, para hablar de la economía en general, su criterio de eficiencia es algo llamado optimalidad de Pareto.
La idea de que los responsables políticos puedan conseguir las recomendaciones que les ofrecen los economistas es tan contrafáctica que resulta ridícula.
A estas alturas, se han publicado probablemente miles de artículos en revistas de economía en los que el autor construye un modelo económico, deduce de él las condiciones de optimalidad y concluye haciendo recomendaciones políticas que prescriben cómo deben actuar las autoridades gubernamentales -es decir, cómo deben usar su poder coercitivo- para forzar al mundo real a ajustarse a las condiciones de optimalidad del modelo.
Todo esto -sobre todo, las recomendaciones políticas- es, en su mayor parte, una enorme pérdida de tiempo e intelecto.
En primer lugar, porque cualquier estudiante inteligente, al menos si se le dan bien las matemáticas, puede construir un modelo económico sencillo, y hacerlo no es gran cosa desde el punto de vista científico. Además, dado que las economías reales son sistemas dinámicos enormemente complejos que desafían la modelización útil incluso más de lo que el clima global desafía la modelización precisa por parte de los meteorólogos y otros científicos del clima, los modelos simples que llenan las revistas están alejados de la realidad.
De hecho, a menudo son ridículamente inverosímiles, ya que son más caracterizaciones matemáticas de un mundo totalmente imaginario que abstracciones reveladoras de las condiciones del mundo real. Suponer que se pueden extraer conclusiones políticas útiles a partir de modelos simples o incluso fantasiosos requiere un gigantesco acto de fe que rara vez está justificado.
Los políticos saben cómo conseguir ser elegidos o nombrados para un cargo público, y casi nada más.
En segundo lugar, incluso si se construyera un modelo útil y de él se derivaran conclusiones políticas útiles, la idea de que los responsables políticos -los políticos y sus secuaces burocráticos- se preocuparían por él o serían capaces de aplicar las recomendaciones que les ofrecen los economistas es tan contrafáctica que resulta ridícula. Los políticos no son reyes filósofos, ni dedicados ingenieros sociales centrados desinteresadamente en el interés público (en sí mismo un concepto elusivo).
Saben cómo conseguir ser elegidos o nombrados para un cargo público, y casi nada más. No les importa más hacer del mundo un lugar mejor de lo que a mí me importa inventar una máquina de movimiento perpetuo o prepararme para entrar en el equipo olímpico de natación sincronizada.
Idear sistemas de ecuaciones de otro mundo como base para asesorar a estos príncipes payasos es un empeño inútil, y los economistas/sabios idiotas de la corriente dominante servirían mejor al público en general si no hicieran nada en absoluto, porque con demasiada frecuencia sus ejercicios sólo sirven a un propósito: proporcionar excusas aparentemente plausibles para las políticas contraproducentes e incluso destructivas que aplican los políticos y sus perros burocráticos.