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martes, noviembre 19, 2019

Los costos invisibles del alarmismo climático son pagados por los más pobres

Deberíamos celebrar el deseo de los jóvenes de hacer el bien y cambiar el mundo. También debemos ser conscientes del desastroso impacto que puede tener "sólo hacer algo", cuando nadie puede prever cómo se desarrollará lo que hacemos o lo que dejamos de hacer apropiadamente.


Los jóvenes son a menudo aclamados por sus buenas intenciones y su amor por las causas sociales. Con lo que tenemos menos experiencia, como todos los humanos, es con la planificación estratégica, el tipo de previsión que se necesita para anticipar no sólo qué hacer, sino las consecuencias no deseadas al hacerlo.

Los temas que más nos apasionan -o que más nos asustan- son los más difíciles de ver con claridad. Por ejemplo, la representante Alexandria Ocasio-Cortez (D-NY) fue despectiva con aquellos que señalan “los costos” de combatir el cambio climático.

Su certeza de que los problemas por años anticipados requieren un sacrificio inmediato, ignora el principio de las consecuencias invisibles. Está bien abogar por un cambio inmediato y radical, pero los costos -las compensaciones- de implementar planes climáticos a largo plazo serían una tragedia a corto plazo para millones de personas en todo el mundo.

La falacia de las buenas intenciones

La realidad no se ajusta a las buenas intenciones. Si no consideramos los efectos secundarios e invisibles incluso de nuestras acciones bien intencionadas, nuestros grandes planes pueden empeorar mucho las cosas. El economista francés Frédéric Bastiat vislumbró estos efectos secundarios difíciles de prever:

Todo acto, todo hábito, toda institución, toda ley, da lugar no sólo a un efecto, sino a una serie de efectos. De estos efectos, el primero sólo es inmediato; se manifiesta simultáneamente con su causa: se ve. Los otros se desarrollan de manera sucesiva -no se ven: nos convienen, si son  previstos. Entre un buen y un mal economista esto es clave: uno tiene en cuenta el efecto visible; el otro tiene en cuenta tanto los efectos que se ven como los que son necesarios prever.

Una de las principales leyes de la economía y la lógica es que nada es nunca una sola cosa, porque los recursos siempre tienen usos alternativos.

Cuando las Naciones Unidas afirmaron que la epidemia de gripe aviar H5N1 mataría a millones de personas en 2005, los investigadores desviaron valiosos recursos para evitar problemas de salud mucho más graves. Menos de 300 personas murieron a causa del H5N1, que es aproximadamente la décima parte de las vidas que la malaria se cobra todos los días. El pánico por una pandemia percibida puede matar mucho más que la enfermedad en sí misma porque los recursos que se movilizan para combatirla provienen de otra parte.

Cuando aceptamos la hamburguesa sin carne como una victoria sobre la agricultura industrial, no consideramos cuánta tierra adicional debe ser utilizada para cultivar la soya. Nos entusiasman los autos  eléctricos de “cero emisión”, pero no vemos la central eléctrica a base de carbón al otro extremo de nuestra red eléctrica. Estamos de acuerdo en evitar las pajitas o pitillos de plástico sin calcular si las tapas sin estos necesitan más plástico. 

Cuanto mayor sea el cambio propuesto, mayores serán las posibles consecuencias.

Protestamos contra los oleoductos sin tener en cuenta cuántos camiones cisterna habría que añadir para mover ese combustible a fin de calentar las viviendas. Denunciamos los combustibles fósiles como sucios o viles, sin apreciar su papel en la protección de los bosques que de otro modo serían cultivados o quemados como combustible.

En nuestro celo por hacer lo que se siente como algo útil, no anticipamos las consecuencias. Cuanto mayor sea el cambio propuesto, mayores serán las posibles consecuencias.

Lo que se ve y lo que no se ve: Edición de Mitigación Climática

Cada uno de los informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de las Naciones Unidas, que guían nuestra comprensión del cambio climático, representa grandes saltos en la riqueza mundial entre 2000 y 2100. Incluso los más pobres del mundo -a veces llamados “los mil millones más pobres”- serán entre cuatro y dieciocho veces más ricos de lo que son hoy en día, según el IPCC.

Las personas más ricas son más capaces de hacer frente al cambio climático y, en general, tienen menos probabilidades de morir por causas totalmente naturales que los más pobres. Cualesquiera que sean los efectos negativos del cambio climático, los fondos necesarios para mantener a las personas seguras serán mucho más abundantes en el futuro de lo que lo son ahora. A corto plazo, los recursos que AOC afirma que deben ser utilizados para luchar contra el cambio climático a distancia tienen usos alternativos más urgentes porque la gente es más pobre ahora de lo que lo será entonces, incluso por las predicciones un tanto terribles del IPCC.

Exigir el sacrificio de los residentes de los países en desarrollo -como pagar precios más altos por los escasos alimentos para que parte de ellos puedan quemarse como biocombustible- causará mucho más daño que una posible inundación en 50 años, cuando el riesgo de inanición será pequeño. Tales exigencias  no tienen sentido, como lo explica coloridamente Matt Ridley en su libro, The Rational Optimist (El Optimista Reacional):

“Los gastos para la mitigación del cambio climático requieren que una vida a salvo de las inundaciones costeras en 2200 tenga casi la misma prioridad de gasto ahora que una vida librada del SIDA o de la malaria hoy en día… implica que su empobrecido bisa, bisa, bisabuelo, cuyo nivel de vida sería aproximadamente equivalente al de un zambiano moderno, debería haber reservado la mayor parte de sus ingresos para pagarle a usted las cuentas hoy en día”. 

Incluso en los peores escenarios del IPCC, los que se enfrentarán a los daños del cambio climático en 100 años estarán mucho, mucho más preparados para enfrentar esos daños de lo que estamos actualmente equipados para sacrificar, con la pequeña esperanza de prevenirlos.

Deberíamos celebrar el deseo de los jóvenes de hacer el bien y cambiar el mundo. También debemos ser conscientes de los desastrosos impactos de “sólo hacer algo”, cuando nadie puede prever cómo se desarrollará lo que hacemos o lo que no hacemos apropiadamente.

El acceso de mi bisnieto a los Cayos de la Florida no puede tener prioridad sobre el acceso de un niño a una alimentación adecuada hoy, incluso si su cultivo requiere combustible fósil y pesticidas. Exigir que “hagamos algo” para frenar el crecimiento económico es dar prioridad a la conveniencia futura por encima de la sobrevivencia contemporánea.


  • Dr. Laura Williams  teaches communication strategy to undergraduates and executives. She is a passionate advocate for critical thinking, individual liberties, and the Oxford Comma.