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jueves, febrero 29, 2024

Libertad y nacionalismo no se llevan bien

Un país libre es imposible en un entorno que fomenta el patrioterismo y el nativismo, que se cierra al comercio y a la inmigración.


En la medida en que uno cree en la libertad, es en la misma medida internacionalista. El libertarismo sin internacionalismo -sin la idea de que estamos mucho mejor compartiendo, cooperando y haciendo negocios sin pensar en las fronteras nacionales- es simplemente incoherente, carece de un componente necesario.

Desde que Donald Trump anunció su candidatura en el verano de 2015, sus bravatas chovinistas han galvanizado a los viejos enemigos: el fanatismo, el racismo y el nacionalismo blanco, como no se había visto en muchos años. El apoyo a las ideas aislacionistas en quiebra de Trump surgió de frustraciones manidas (muchas bastante legítimas) en busca de un chivo expiatorio. Inmigrantes y forasteros de todo tipo han sido señalados para el abuso, junto, por supuesto, con sus supuestos apologistas izquierdistas y “cuckservative”, considerados como herramientas de una conspiración judía globalista. Este cuadro nocivo de xenófobos, antisemitas y neonazis hizo del “Make America Great Again” de Trump su grito de guerra, la bandera bajo la cual expresar su oposición a la corrección política, el multiculturalismo y el internacionalismo.

Cobden tenía un sueño

Los libertarios tienen así ocasión de defender el internacionalismo, tan central en nuestra filosofía de la libertad. Una hermandad internacional, sin clases, unida por el respeto mutuo y comprometida con la cooperación, era el sueño del socialismo primitivo. Quizás sorprendentemente, el ideal práctico del liberalismo librecambista del siglo XIX era bastante parecido, al menos en abstracto. Tanto los socialistas como los librecambistas imaginaban el fin del viejo mundo que habían heredado, un mundo sometido a los grilletes del poder y el privilegio, en el que el comercio era el reino de los favoritos reales y las cartas especiales y las perspectivas de una persona estaban limitadas por su nacimiento. Ambos preveían el fin definitivo del interminable ciclo de guerras de la historia, el reconocimiento de su inutilidad y despilfarro. El liberal antiproteccionista Richard Cobden dedicó gran parte de su vida y sus recursos a este mensaje de armonía y paz internacionales.

Cobden miraba más allá incluso de los obvios beneficios materiales del libre comercio, seguro de que su mayor impacto se sentiría en “el mundo moral”. Con un optimismo sin límites, comparaba el libre comercio internacional con “el principio de gravitación” y lo veía “acercando a los hombres, haciendo a un lado el antagonismo de raza, credo e idioma, y uniéndonos en los lazos de la paz eterna”.

Las optimistas predicciones de Cobden sobre un mundo transformado por el poder del intercambio mutuamente beneficioso recuerdan los elogios igualmente efusivos de Montesquieu sobre el comercio casi exactamente un siglo antes. El pensamiento ilustrado de Montesquieu subrayaba que “el comercio es una profesión de personas que están en pie de igualdad”, es decir, personas que tratan entre sí como iguales, sin recurrir al sometimiento ni a la dominación. Esto lo contrasta tanto con el robo como con los sistemas de “privilegios exclusivos” que injustamente “restringen la libertad de comercio”.

Los libertarios esperan ver las fronteras y barricadas del mundo abiertas a la libre circulación de las personas y sus mercancías.

Mundanos y abiertos de mente, estos liberales amantes del comercio se adelantaron a su tiempo, incluso al nuestro, adoptando una visión cosmopolita del mundo en la que los prejuicios de antaño no tenían cabida. Creían que una mayor interacción con los extranjeros a través del comercio nos ayudaría a ver los errores de esos prejuicios, heredados de épocas menos ilustradas y más tribalistas. Aprenderíamos, a través de estos tratos, que los lazos que unen a la raza humana, nuestras similitudes más allá de las fronteras nacionales, son mucho más importantes que nuestras diferencias superficiales.

Siguiendo a nuestros antepasados liberales clásicos -grandes defensores de la cortesía y el comercio internacionales-, los libertarios de hoy esperamos ver las fronteras y barricadas del mundo abiertas a la libre circulación de las personas y sus mercancías. Celebramos la diferencia y la diversidad, deleitándonos en la interacción pacífica entre culturas, gustos e idiomas, siempre conscientes de la edificación moral e intelectual que resulta de tales intercambios.

El aislacionismo económico conduce a la guerra

Los argumentos de Ludwig von Mises ofrecen una respuesta convincente a quienes, en círculos conservadores y de “alt-right”, creen que es posible promover simultáneamente un gobierno limitado y el nacionalismo, sin contradicción alguna. Un país libre en el que el aparato gubernamental se limita cuidadosamente a la protección de la vida, la libertad y la propiedad privada es imposible en un entorno que fomenta el patrioterismo y el nativismo, que se cierra al comercio y la inmigración. “La política de una nación”, enseñaba Mises, “forma un todo integral”.

Para algunos, la grandeza de Estados Unidos está ligada a su capacidad para excluir eficazmente a los demás y aislarse.

Como Mises muestra en Omnipotent Government, el nacionalismo es el inevitable “resultado de la interferencia del gobierno en los negocios”, que a su vez dicta una política exterior de antagonismo hacia otros países, considerados por sus recursos como potenciales conquistas. Mises comprendió que estos fenómenos -nacionalismo, proteccionismo y guerra- están relacionados causalmente. Una vez que el gobierno se embarca en una política de intervención económica interna, destinada a ayudar a la industria nacional, necesariamente debe limitar o prohibir, a través de medios legales coercitivos, la competencia del exterior. De este modo, las naciones se ven enzarzadas en innecesarios conflictos intestinos, reviviendo el viejo mercantilismo al poner erróneamente sus miras en una balanza comercial favorable. En contra de las lecciones de la historia, esta es la insularidad retrógrada aconsejada por Trump, sus partidarios y, lamentablemente, tantas otras voces en la política estadounidense, para quienes la grandeza de Estados Unidos está ligada a su capacidad para excluir eficazmente a los demás y aislarse.

El internacionalismo político, sin embargo, no es lo mismo que el social y el económico. Tampoco el deseo de autodeterminación y autogobierno es en sí mismo una expresión de nacionalismo equivocado. Las antiguas potencias imperialistas fueron ejemplos de la nefasta variante política del internacionalismo, como lo fue la Unión Soviética, y como lo es hoy la Unión Europea. Tales instituciones obstaculizan la auténtica amistad internacional, pues sus cimientos son los pactos de clases dominantes corruptas. Contraponer este tipo de superestado político multinacional al nacionalismo tóxico es caer en una falsa dicotomía. El amor a la patria no significa ni implica una actitud de desconfianza o belicosidad hacia los pueblos de otros países, ni exige la restricción del comercio. Al contrario, todas las naciones del mundo se benefician de la maximización del área en la que se permite la especialización y el comercio.

Aún tenemos mucho que aprender de los grandes liberales clásicos como Cobden y Mises. El suyo era un mensaje esperanzador de un mundo unido no por cadenas políticas coercitivas, sino por la beneficiosa interdependencia de miles de millones de intercambios voluntarios en un mercado mundial. Celebrar el multiculturalismo y el internacionalismo no es vender nuestro país. Es más bien anunciar un mundo libre y próspero en el que el nacionalismo autoritario y sus ideas provincianas sean sólo un recuerdo.


[Artículo originalmente publicado el 28 de octubre de 2016].


  • David S. D’Amato is an attorney and independent scholar whose writing has appeared at the Institute of Economic Affairs, the Future of Freedom Foundation, the Centre for Policy Studies, and the Institute for Ethics and Emerging Technologies.