Las políticas agrícolas de Canadá sofocan el libre mercado.
Canadá posee un sistema de juntas de comercialización agrícola; estas regulan la venta de lácteos, huevos, aves de corral y granos. A nivel federal y provincial, controlan el suministro de alimentos. Fijan precios y gestionan las importaciones. A nuestra Junta del Trigo recientemente se le han cortado un poco las alas, pero sigue en rigor, interfiriendo con el sistema de libre empresa.
Por lo general, ante la ausencia de tales interferencias de mercado, el libre comercio sería la política más conducente a la prosperidad. Producimos los productos para los cuales tenemos una ventaja comparativa e interferimos lo menos posible con la división internacional del trabajo.
Sin embargo, las cosas cambian con las juntas de comercialización. ¿Es posible que una segunda regulación económicamente analfabeta pueda beneficiarnos al reducir (parcialmente) el impacto de la primera? Sí, sin juntas de comercialización, el libre comercio es lo que lleva al bienestar económico. Pero con ellas, ¿existe un argumento a favor de los aranceles por motivos de desarrollo económico?
He aquí el argumento a favor de tan paradójica hipótesis. Estaríamos mejor, de hecho, si fuésemos a obtener del extranjero los productos cubiertos por estos modelos regulatorios, como los mencionados lácteos, huevos, aves y granos. Podríamos obtenerlos por precios más bajos de los ofrecidos actualmente en Canadá. Entonces podríamos pagarlos, en efecto, con bienes y servicios que no estuvieran tan asfixiados por las juntas de comercialización. Este nuevo cambio óptimo, aunque problemático, en los patrones de compra no puede descartarse.
Permítanme aclarar. Supongamos que sin ninguna interferencia de la junta de comercialización de leche u otras similares, el arreglo óptimo sería que bebiéramos 20 litros producidos en Canadá e importáramos 5 litros. Pero con esta junta de comercialización hemos cavado nuestra propia fosa económica; hemos vuelto menos eficiente a esta industria de lo que habría sido de otro modo, y lo hemos hecho a propósito. Ahora, entonces, la asignación óptima entre la leche nacional y la importada podría convertirse en algo del orden de 15 de la primera y 10 de la segunda.
¿Cómo llegaríamos a este mejor estado de cosas, donde reducimos nuestro consumo de la variedad cultivada en casa? Una forma de hacerlo sería establecer un subsidio a las importaciones de leche. Ordinariamente, esto sería un anatema económico. Sin embargo, en el amor, en la guerra y ahora en el comercio internacional, todo se vale. Para promover la prosperidad, tenemos que mitigar el efecto de estas juntas de comercialización. Yo no favorezco este curso de acción. Dos males no haces un bien. Esta política de subsidios trae consigo las ineficiencias habituales. Pero, como una reflexión sobre lo pésimos que son las juntas de comercialización, esto nos da qué pensar.
He aquí una analogía de un ámbito diferente de la economía que plantea un punto similar (y paradójico). Imagine que quiere ayudar a los inquilinos a encontrar alojamiento mejor, más barato y en mayor cantidad. El socialista diría que la respuesta es el control de rentas. Sin embargo, esto, como hemos visto una y otra vez, tiene el efecto opuesto a las intenciones originales. Reduce el incentivo de los emprendedores para invertir en viviendas de alquiler. Esto reduce el inventario de viviendas y, como no debería sorprender a nadie, eleva los precios y disminuye el espacio que los inquilinos pueden ocupar por un dólar determinado. Más bien, controle los precios de todo lo demás que quieran, excepto de las unidades de alquiler residencial. Entonces, el capital fluirá hacia este único sector de la economía, para beneficio de los inquilinos.
El punto es que los controles de renta (como las juntas de comercialización) son tan contraproducentes que más bien se puede ayudar a los inquilinos haciendo exactamente lo contrario a ellos.
¿Pero qué pasa con los pobres productores de lácteos canadienses (y las vacas) recién desempleados si compramos más de nuestra leche de otros lugares? Hay dos soluciones. La fácil: eliminar las juntas de comercialización de leche y otras similares, y hacer de la industria láctea canadiense una más eficiente, más competitiva y con productos menos costosos. Otros países también interfieren con sus industrias lácteas. No podemos cambiar eso; pero sí podemos poner en orden nuestra propia situación económica.
La más difícil: si las condiciones cambian y nuestra ventaja comparativa se desplaza de la leche hacia otra cosa, por ejemplo, la miel de maple, entonces las vacas tendrán que “jubilarse” y los rancheros trasladarse a esta otra industria. Hay precedentes para ello. Alejamos nuestra economía de los productos de carruajes y caballos, y de la fabricación de máquinas de escribir (¿las recuerdan?), sin aumento en el desempleo ni caos.
La lógica de este argumento, si no es absolutamente clara, es al menos discernible. Normalmente, Canadá bien podría tener una ventaja comparativa en estos productos agrícolas. Por lo tanto, deberíamos estar importando muy pocos de ellos, según la teoría económica correcta. Pero ahora, con las juntas de comercialización, nuestra eficiencia en la producción de estos artículos disminuye. Por lo tanto, deberíamos depender de más importaciones de los mismos.