Antonio Rosmini fue quizá el más firme defensor de la propiedad privada en la Italia del siglo XIX.
[Artículo publicado originalmente el 19 de abril de 2018].
En las últimas décadas, la FEE ha dado a conocer al público amante de la libertad a muchos grandes pensadores del pasado que, de otro modo, habrían caído en el olvido. Frédéric Bastiat, cuya obra maestra La Ley fue rescatada por la traducción de Dean Russell en 1950 y desde entonces se ha convertido en lectura casi obligatoria entre los libertarios y conservadores estadounidenses, es sólo el primer ejemplo que me viene a la mente. Un gran pensador liberal clásico que hoy está casi olvidado, incluso en su propio país, Italia, es Antonio Rosmini.
Dotado de magníficos talentos -sacerdote católico, fundador de órdenes, teólogo y erudito-, Rosmini dejó tras de sí un enorme corpus de erudición y escritos. La edición crítica de sus obras, aún incompleta, comprenderá más de 100 libros. Sus contribuciones abarcan una gran variedad de temas, desde la religión y la metafísica hasta la antropología y la economía. En este vasto paisaje de logros intelectuales, la filosofía política y la economía no ocupan más que un pequeño lote, pero las contribuciones de Rosmini en estos campos son notables y a menudo esclarecedoras. Sostenía que la defensa de la propiedad era su preocupación central para la construcción de un orden político justo.
En una nota a pie de página del segundo volumen de Derecho, legislación y libertad, F.A. Hayek señaló que La Constitución bajo la justicia social de Rosmini hizo «más generalmente conocido» el término justicia social «en su sentido moderno». Pero la interpretación que Rosmini hacía de estas palabras era muy diferente de la que se acepta hoy en día. Fue quizás el defensor más acérrimo de la propiedad privada en la Italia del siglo XIX.
Breve reseña
Rosmini nació el 24 de marzo de 1797 en el seno de una de las familias más ricas y nobles de la ciudad de Rovereto. Habiendo aprendido a leer en casa, principalmente la Biblia, el joven Antonio comenzó la escuela a los 7 años, completando el curso normal y, simultáneamente, educándose como polímata en la biblioteca de su tío. Los estudios superiores del joven se completaron en teología en la Universidad de Padua (notable centro de filosofía aristotélica). Se licenció en 1823.
Ya en esta temprana etapa de su vida, Rosmini destacaba no sólo por su espíritu estudioso, sino también por su intensidad espiritual. Pero, si bien disfrutaba de una vida inquieta de meditación, estudios y deberes sacerdotales, se negaba a comprometerse en los asuntos cotidianos de su tiempo.
Su filosofía política se desarrolló y tomó forma precisa entre las décadas de 1820 y 1840. Rosmini inició su trayectoria vital en el pensamiento político como crítico de la Revolución Francesa: como católico, comprendía sus límites y peligros y se vio fuertemente influido por los escritos de pensadores restauracionistas como François René de Chateaubriand, Luis de Bonald, Joseph de Maistre y, especialmente, Karl Ludwig Haller.
Tal vez debido a las revueltas de 1821 en Italia, Rosmini comenzó a trabajar en una importante obra sobre política en 1822: su Politica prima. Aunque le ocupó gran parte de su tiempo entre 1822 y 1826, no llegó a publicarse en vida. Pero sirvió como obra preparatoria para otros escritos más ambiciosos en el mismo campo. En particular, en 1839 Rosmini completó su Filosofía política y en 1845 su inmensa obra maestra Filosofía del derecho y teodicea. Estas obras, junto con la posterior La Constitución bajo la justicia social (1848), un proyecto de constitución liberal para la Italia aún dividida, forman el cuerpo coherente de su pensamiento político.
En 1848, Rosmini se unió a Pío IX en Roma, donde el Papa le dio la bienvenida y (tras el asesinato de Pellegrino Rossi) le nombró cardenal y primer ministro de los Estados Pontificios. Sin embargo, tan pronto como se instauró la República Romana y el Papa se vio obligado a huir a Gaeta, parece que esta relación se rompió. Las obras de Rosmini Delle cinque piaghe della santa Chiesa, donde predica la renovación dentro de los límites de la Iglesia, y La Costituzione secondo la giustizia sociale fueron incluidas en el Índice de Libros Prohibidos. Esto le causó un inmenso dolor.
Destituido por el Papa, Rosmini regresó a su casa de Stresa (en el Lago Mayor), donde pasó tranquilamente el resto de su vida. Pero la polémica sobre sus escritos no terminó con su muerte en 1855. Los jesuitas se ensañaron con su obra. En 1887, el Santo Oficio (hoy Congregación para la Doctrina de la Fe) promulgó un decreto, Post Obitum, que afirmaba que 40 proposiciones extraídas de las obras de Rosmini no eran «conformes a la verdad católica».
Esta condena duró hasta el pontificado de Karol Wojtyla. Juan Pablo II abrió la causa de beatificación de Rosmini, y en su encíclica Fides et Ratio le mencionó entre los «ejemplos significativos de un proceso de investigación filosófica que se enriqueció al comprometerse con los datos de la fe.» Finalmente, el 1 de julio de 2001, la Congregación para la Doctrina de la Fe, en una Nota firmada por el entonces cardenal Joseph Ratzinger (futuro Papa Benedicto XVI) y el entonces arzobispo Tarcisio Bertone, derogó el Post Obitum. Desde entonces, las obras de Rosmini han despertado un creciente interés en los círculos católicos.
Un pensamiento madurado tempranamente
El pensamiento de Rosmini sobre cuestiones políticas y sociales, como los derechos individuales, la propiedad, el significado de la Revolución Francesa y la justicia social, maduró en una etapa temprana de su vida. Hijo de un leal servidor del Imperio de los Habsburgo, el joven Antonio absorbió y desarrolló una desconfianza duradera hacia los ideales y los medios de los jacobinos franceses. Los comentaristas sostienen que Rosmini estaba muy en sintonía con la ola de pensadores antirrevolucionarios en sus primeros años de meditación sobre cuestiones políticas, volviéndose más tarde hacia el liberalismo clásico.
Sin embargo, la preocupación por la propiedad privada constituye un hito en el desarrollo de su pensamiento. En su elogio a Pío VII, que encarnaba la esencia de su pensamiento político, Rosmini abordó, en cierta medida, la cuestión de los derechos de propiedad, haciendo de su protección la diferencia entre «un sistema basado en la justicia» y otro fundado en la «utilidad universal».
La primera (justicia) es la tradición de pensamiento refrendada por Pío VII:
Decreta: ¡Consagrad la propiedad! La de cada uno debe ser intocable, no por el poder que pueda o no conservar, sino por su propia dignidad: Esta es la única igualdad posible entre los hombres. No permitas que la caridad, ni su nombre, se asocien con crímenes: No debe infringir los sellos puestos por Dios sobre la propiedad de cada uno.
Rosmini criticó abiertamente las políticas redistributivas, que limitan y confiscan la propiedad privada en nombre de la benevolencia obligatoria.
El segundo sistema (la utilidad universal), propagado por los ejércitos napoleónicos por toda Europa, en cambio «no ha sido generado por la experiencia de los siglos, ni por el curso de las cosas humanas, ni por el estudio de la verdad eterna; es más bien el producto de las fantasías de los que hoy se llaman filósofos». El resultado de tal sistema es el intento de «sacrificar cualquier propiedad a una ilusión de bien público».
En ensayos compuestos entre 1822 y 1825, Rosmini profundizó en la cuestión de la propiedad y acabó enunciando dos principios de justicia que serían el pilar de su pensamiento político durante el resto de su vida: «La propiedad de todos debe ser tan sagrada que no pueda ser violada por ningún motivo» y «La apropiación originaria ha de considerarse un derecho legítimo de propiedad, siempre que la cosa apropiada no fuera todavía propiedad de otro».
En la misma obra, Rosmini vinculó estrechamente la defensa de la propiedad con el problema de garantizar el derecho de todos a la vida. Cuando todos los bienes estén a salvo, la vida nunca correrá peligro. El ámbito de la sociedad es, pues, la protección de la propiedad, porque una vez garantizados los derechos de propiedad, todo viene después, y la seguridad personal viene como consecuencia de la defensa de los derechos de propiedad.
Sin embargo, el sistema de Rosmini encontraría su formulación definitiva más tarde. Entre 1837 y 1844 publicó los dos volúmenes de su Filosofía política («La causa sumaria de la estabilidad o de la ruina de las sociedades humanas» y «La sociedad y su finalidad»), a los que siguió su obra magna, Filosofía del derecho.
Perfectismo y socialismo
La Filosofía Política es claramente deudora de los estudios de antropología y ciencia moral que Rosmini llevó a cabo precisamente en esos años. Su realismo antropológico aplicado a los hechos de la política llevó a Rosmini a rechazar audazmente cualquier «idealización» ideológica de los asuntos sociales, que él veía inherente en algunas de las doctrinas más destacadas de su tiempo. Rosmini caracterizó el «perfeccionismo» como un
un sistema que cree posible la perfección de las cosas humanas y que sacrifica los bienes de hoy a una imaginaria perfección futura. … [E]s un prejuicio arrogante, por el que se juzga demasiado favorablemente la naturaleza humana.
Al juzgar las opciones políticas desde la «pura hipótesis», se corre el riesgo de elaborar teorías que no se apoyan en una consideración adecuada de los «límites naturales de las cosas.» El blanco de Rosmini está representado principalmente por el utopismo de los socialistas, que sueñan con una sociedad sin propiedad. La sociedad humana sin propiedad, sin embargo, es imposible porque la «ley de la propiedad» enfrenta a los hombres «con la mera alternativa, o aceptarla, o comerse unos a otros». La ausencia de propiedad producirá miseria y necesidad, lo que, a su vez, provocará el crimen y la agresión generalizada, que es lo contrario de la propia sociedad. La ideología, para Rosmini, puede «cegar» a los hombres hasta el punto de no reconocer la importancia de esta institución.
Esta visión realista de los seres humanos y de las sociedades humanas está en la base de los sentimientos de Rosmini hacia el Estado: «El gobierno está hecho de personas que, siendo hombres, son falibles». Los lectores de hoy encontrarán su polémica contra el perfeccionismo similar a la de Hayek contra la planificación central; al igual que Hayek, Rosmini subrayaba que no se puede presumir de omnisciencia a los legisladores, y también ponía en manos de los individuos la responsabilidad de tomar decisiones significativas.
De hecho, en el ensayo «Sobre el comunismo y el socialismo», escrito en 1847 tras la encíclica Qui Pluribus de Pío IX, Rosmini calificó a los utopistas de «falsos sabios» y reivindicó el individualismo al afirmar que «el hombre no es una máquina», es decir, que no es tan mecánicamente predecible como los profetas de la planificación querrían que fuera. Estas «monstruosas utopías», escribió, son «la tumba del liberalismo y de cualquier progreso deseable»: el comunismo y el socialismo, «lejos de hacer crecer la libertad de los hombres y de la sociedad, les proporcionan la más inaudita y absoluta esclavitud, oprimiéndolos bajo el más pesado, despótico, melindroso, inmoral e impío de todos los gobiernos.»
Es en Filosofía del Derecho donde Rosmini explicó con todo detalle su concepción del derecho natural. Para él, el objetivo fundamental a alcanzar es la protección de la persona humana – «el primer asiento de la libertad». En su sistema, «la libertad jurídica no significa otra cosa que el poder que la persona-propietario tiene sobre su propia cosa, con el que puede hacer moralmente lo que le plazca.»
Los límites de las acciones jurídicas de cada individuo se encuentran en la garantía igual de la libertad de todos los demás. En lugar de formular una «ley de igual libertad», que le parecía problemática en la medida en que este respeto mutuo de los derechos individuales no estaba arraigado en la realidad, Rosmini recurrió a la propiedad como medida de libertad. Para él
la propiedad constituye una esfera alrededor de la persona en la que ésta es el centro. Nadie más puede entrar en esta esfera, y nadie puede separar de la persona lo que es inherente a ella como resultado de la conexión entre ella y lo que es suyo. Este tipo de separación causaría sufrimiento a la persona. Pero el sufrimiento (considerado en sí mismo), cuando se impone a la persona, está prohibido como mal por la ley moral.
Según Rosmini, el «concepto de libertad no existe si se priva completamente de la propiedad».
Este argumento no se vio matizado por la existencia de desigualdades sociales. La propiedad es una proyección de la profunda individualidad del individuo, una «representación social» de él. «Concebir la igualdad en las propiedades es como concebir la existencia inconcebible de individuos idénticos, es decir, de individuos no individuales», escribió Rosmini. Respetar la propiedad es, pues, respetar al otro como persona humana: «las propiedades deben ser respetadas recíprocamente porque la cosa del otro es el otro [él mismo]».
Una Constitución bajo la justicia social
En su ejercicio de constitucionalismo aplicado, la Constitución bajo la justicia social de 1848, Rosmini mantuvo todos estos principios. Sin embargo, como crítico de la Revolución Francesa, no podía estar de acuerdo con quienes querían establecer una sociedad liberal en Italia siguiendo el camino abierto por los franceses en 1789.
En particular, identificó un problema importante: el equilibrio entre democracia y libertad. Todas las constituciones redactadas bajo la influencia francesa tendían a «promover en todos los ciudadanos una ambición desmedida por conquistar un grado siempre superior en la sociedad pública», «abrir la puerta a la corrupción» y «no garantizar suficientemente y en toda su extensión la libertad de los ciudadanos». Para corregir estos defectos internos, Rosmini propuso dos dispositivos: «la institución del tribunal de justicia política» y “la franquicia proporcional al impuesto directo que el ciudadano paga al Estado”.
El tribunal de justicia política era, en opinión de Rosmini, un dispositivo mediante el cual un jurado (elegido por cada ciudadano) tendría la oportunidad de dirimir las infracciones de los derechos individuales. Esta institución surgió de la profunda convicción de Rosmini de que
todos los derechos no pueden ser representados a través de un voto mayoritario. Una mayoría, por su naturaleza, sólo representa a la mayor parte de los votantes, no a todos. La naturaleza del derecho, sin embargo, es tal que debe respetarse plenamente en todos sus miembros individualmente, no simplemente en la mayoría: Noventa y nueve contra uno no sería más justo que uno contra noventa y nueve. El respeto a un derecho no depende del número de personas que lo posean o defiendan, sino que exige igual respeto en cualquier sujeto sea quien sea.
El tribunal político debía ser una institución considerada guardiana de los derechos de todos, a pesar de que las mayorías van y vienen. Se concibió como un instrumento de control de las leyes positivas, un custos de los derechos del pueblo frente al gobierno.
La idea del sufragio proporcional a la cantidad de impuestos pagados y, por tanto, a la propiedad de cada miembro de una sociedad, fue impulsada por consideraciones similares. Habiendo observado atentamente la marcha hacia el despotismo de aquellos Estados concebidos de forma coherente con los ideales de la Revolución Francesa, Rosmini argumentó que una franquicia no cualificada «viola el derecho de propiedad», «viola la propiedad misma» y «abre la puerta a las leyes del maíz y al comunismo».
Por ello, Rosmini diseñó un sistema en el que los propietarios de grandes propiedades elegirían la primera cámara, los propietarios de pequeñas propiedades elegirían la segunda, el sufragio sería proporcional al impuesto sobre la renta pagado y los no propietarios no tendrían derecho a voto. Una constitución, según Rosmini, tiene que establecer la igualdad jurídica entre los ciudadanos, pero nunca una igualdad sustancial que se lograría mediante la redistribución, que «destruiría cualquier justicia».
El punto de Rosmini aquí es que un sufragio no cualificado abre la puerta a la redistribución, poniendo la propiedad a merced de una mayoría elegida.
El socialismo y el comunismo no son sino la consecuencia lógica del sufragio universal en la elección de los diputados. Si este derecho universal electoral al voto es justo, entonces debemos decir que es justo que el que no tiene nada meta la mano en el bolsillo del que posee algo y robe lo que quiera.
Debe observarse que el fundamento de Rosmini del sufragio sobre la propiedad sirvió también para legitimar la tributación misma. La «tributación» y la «representación» deben estar unidas, porque aquellos que se ven perjudicados por los impuestos tienen que ser al mismo tiempo los que puedan decidir el tamaño y el alcance de la tributación, es decir, en qué medida van a verse perjudicados. Si los que pagan impuestos no consienten directamente en ese pago, «¿cómo podemos decir que una nación determinada es libre?». Por eso sostenía que la progresividad de los impuestos no era más que una forma de «robo enmascarado».
Pensador de gran claridad, aunque no dotado de un estilo de escritura claro, Rosmini pertenece al panteón de los grandes liberales clásicos del siglo XIX. Admirador de Alexis de Tocqueville, Adam Smith y Jean Baptiste Say, este sacerdote católico comprendió mejor que muchos liberales el problema más importante que pone en peligro la supervivencia de la libertad en las sociedades modernas: el incómodo matrimonio entre propiedad y democracia.
