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lunes, abril 29, 2024

En defensa de los contrabandistas: Los «reformadores juiciosos»


El proteccionismo es una de las falacias más antiguas contra las que han tenido que luchar los economistas. La idea tiene sus raíces en el pensamiento mercantilista. En su forma más simple, el mercantilismo afirma que la riqueza es dinero. Por tanto, el comercio exterior es malo porque las importaciones hacen que la riqueza, es decir, el dinero, salga del país. Además, comprar mercancías extranjeras significa que los productores nacionales pierden negocio.

Una gran motivación en los inicios de la economía como disciplina fue luchar contra esa falacia. Los mercantilistas eran vistos como los villanos en la obra de Adam Smith, y esto continuó en el siglo XIX y hasta hoy. El documento de hoy, una columna de Henry Hazlitt en Newsweek Business Tides del 13 de marzo de 1961, ayuda a mostrar lo vivo que estaba el proteccionismo en la década de 1960.

¿Por qué el proteccionismo es una falacia? En primer lugar, la riqueza no es dinero. Cuando compramos bienes y servicios en el extranjero, el dinero sale del país pero algo que valoramos aún más lo sustituye; el comercio es mutuamente beneficioso. La riqueza es un aumento de las cosas que nos hacen estar mejor, el dinero es nuestro medio de intercambio. En segundo lugar, cuando los productores extranjeros compiten con los nacionales, éstos se liberan para fabricar algo que antes no podíamos fabricar. Ahora obtenemos los bienes que compramos en el extranjero más otros bienes que valoramos. La sociedad obtiene una ganancia neta, no una pérdida. Por último, el comercio tiene dos caras. Cuando compramos algo en el extranjero con dólares, a la larga esos dólares deben volver, ya sea mediante la compra de bienes nacionales o la inversión en industrias nacionales. Así pues, la compra de bienes extranjeros acaba estimulando la producción nacional.

En consecuencia, las políticas proteccionistas perjudican a los consumidores nacionales. El alcance de la división del trabajo se reduce y los recursos se hacen más escasos. Al reducirse el alcance de la producción, somos menos ricos, no más.

Los economistas llevan mucho tiempo señalando los absurdos del proteccionismo. Frederic Bastiat, en una de las más famosas y mejores alegorías de la economía, «pedía» irónicamente medidas para proteger a los fabricantes franceses de velas de la competencia desleal de… ¡el sol! Si hemos de proteger a los productores nacionales de otros competidores extranjeros, ¿por qué no detener a uno que compite con ellos durante la mitad del día?

Está claro que sería un uso absurdo de los recursos y que todos saldríamos perdiendo.

Por eso los economistas del siglo XIX tenían tanta afinidad con el contrabandista. Como dijo Nassau Senior, «[E]l contrabandista es un reformador radical y juicioso». En los países que prohíben excesivamente la importación de mercancías extranjeras, dijo, «el contrabandista es esencial para el bienestar de toda la nación». Economistas como Senior veían a quienes desafían estas malas leyes como nuestra única protección contra la ruina que estas leyes acarrean.

El proteccionismo puede parecer una buena idea, pero no tiene en cuenta casi nada. En realidad, ayuda a unos pocos a costa de todos los demás. Es bastante obvio que el sol no es nuestro enemigo, pero tampoco lo son los productores extranjeros de los bienes que nos gusta consumir. Si se pueden consumir a un coste inferior al que los productores nacionales pueden proporcionarlos, entonces es algo bueno.

Descarga «Protectionism» de Henry Hazlitt aquí.

[Artículo publicado originalmente el 19 de septiembre de 2011].


  • Nicholas Snow is a Visiting Assistant Professor at Kenyon College in the Department of Economics, and previously a Senior Lecturer at The Ohio State University Economics Department. His research focuses on the political economy of prohibition.