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miércoles, abril 29, 2026 Read in English
Créditos de imagen: Dronepicr, Wikimedia

A Gran Bretaña se le acaba el tiempo para evitar el colapso económico


Pero los recortes sensatos y focalizados de gastos aún pueden prevenir el desastre.

Según Ernest Hemingway, hay dos formas de caer en la bancarrota: “Gradualmente, luego de repente”. Es una lección que el Reino Unido haría bien en recordar.

En lugar de arreglar nuestro deteriorado contrato social, los sucesivos gobiernos se han limitado a hacer retoques en las finanzas públicas, haciendo únicamente lo justo para mantener a flote al barco. Este reordenamiento de muebles no puede continuar para siempre.

Una nueva investigación del Instituto Adam Smith (ASI) proyecta que, sin una reforma significativa de nuestros compromisos de gasto, el Reino Unido pronto caerá en una espiral de deuda. Para 2033, la relación deuda-PIB del Reino Unido comenzará a aumentar a un ritmo acelerado. Incluso si este Gobierno se mantiene dentro de sus límites fiscales, nuestra esclerótica economía será incapaz de sostener este crecimiento constante en gastos. Para que siga fluyendo el dinero, el Gobierno tendrá que asumir aún más deuda.

Si las cosas no cambian, esta trayectoria llevará a que la deuda neta del sector público se dispare al 330% del PIB para 2075, un escenario patentemente insostenible. Y ya vemos algunas señales tempranas de alerta. Los prestamistas ya están perdiendo la confianza en el Reino Unido, como lo demuestran nuestros réditos relativamente altos de bonos. Si esto continúa sin corrección, podría desencadenar una crisis financiera. Un país que alguna vez fue rico puede declinar rápidamente debido a la mala gestión política y fiscal; basta con mirar a Argentina.

Algunos libertarios aceleracionistas podrían acoger esto como un catalizador para una revolución al estilo de Milei. Pero ¿por qué debería el público soportar décadas de estancamiento solo para restaurar cierta apariencia de credibilidad económica? Los británicos merecen un gobierno funcional ahora mismo, no dentro de décadas.

La buena noticia es que nuestro destino aún no está sellado. Los recortes sensatos y focalizados de gastos aún pueden prevenir el desastre. El modelo del ASI muestra que, para mantener la deuda neta del sector público por debajo del 120% del PIB hasta 2075, deben comenzar recortes de gastos permanentes equivalentes al 4% del PIB en 2026.

Recortes de esta escala no son, a primera vista, una opción para ganar votos. De hecho, las reformas serias a nuestros principales compromisos de gasto siguen siendo políticamente tóxicas. Aunque representan un asombroso 43.3% del gasto total, nuestros compromisos en cuanto a gastos en prestaciones sociales y en salud siguen siendo políticamente sacrosantos. El NHS (Servicio Nacional de Salud) y el “triple lock” (triple candado) de las pensiones estatales (por mucho, nuestro mayor compromiso de prestación social) están firmemente establecidos como pilares inmuebles de prestaciones sociales del Reino Unido.

Es comprensible que muchos votantes se muestren reacios a renunciar a los beneficios a los que sienten que tienen derecho. Pero la moderación del gasto ya no es opcional. Nuestros sistemas de salud y pensiones fueron diseñados para un país mucho más joven con una base impositiva más amplia. A medida que nuestra población continúa envejeciendo, esta estructura de la posguerra inevitablemente colapsará bajo sus propias contradicciones, dejando a los más vulnerables sin una atención o pensiones adecuadas.

Entonces, ¿cómo podemos reformar nuestro contrato social sin alienar a los votantes o sin destruirlo por completo?

Suecia, ese aparente idilio de la socialdemocracia, ofrece un modelo para una reforma de pensiones impulsada por el sentido común. Reconociendo el inminente cambio demográfico, hizo la transición hacia un sistema de pensiones totalmente financiado en lugar de un modelo de “pago por uso”. En vez de eliminar el sistema antiguo por completo, creó un plan de transición adaptado. Esto significó que las generaciones mayores, que carecían de tiempo para aportar a esquemas privados, no quedaran desamparadas. Crucialmente, también redujo la carga sobre los trabajadores jóvenes y consolidó la seguridad de sus futuras pensiones.

La reforma al sistema de salud es igualmente inevitable. Una examinación superficial de los sistemas de modelos mixtos europeos muestra que nuestro NHS nacionalizado ofrece resultados muy inferiores en muchas métricas. Pero políticamente, hablar de reforma sigue siendo un tabú. Los políticos de todas las tendencias deben armarse de valor para defender la reforma, desafiando la falsa dicotomía entre nuestro “maravilloso NHS” y la lucha darwiniana de los Estados Unidos.

Si bien los recortes de gastos son esenciales, equilibrar las cuentas no debería ser exclusivamente un ejercicio de austeridad. Lograr que Gran Bretaña crezca también ayudaría a fomentar los ingresos fiscales. Un excelente comienzo sería implementar reformas por el lado de la oferta para aumentar la productividad, como por ejemplo aflojar las leyes que conciernen la construcción de viviendas y el desarrollo energético. Un buen ejemplo es la promesa reciente del Gobierno de implementar la revisión Fingleton, que facilitará mucho la construcción de centrales nucleares. Esta es una política sensata y favorable al crecimiento que no le cuesta nada al estado, pero que acelera el crecimiento, estabilizando nuestras finanzas al llenar las arcas del Tesoro.

Al fin y al cabo, el Reino Unido no puede continuar por su camino actual. Las reformas parciales combinadas con impuestos cada vez más altos no estabilizarán al estado. La escala de la transición demográfica del Reino Unido exige una solución más radical.

Países a lo largo del mundo están batallando con estos mismos problemas. Si el Reino Unido quiere conservar su estatus de país rico, debe adaptarse a este futuro, no esconder la cabeza en la arena. Si no logramos adaptarnos, podríamos encontrarnos con que, de repente, nuestro gobierno está, de hecho, en quiebra. La austeridad que seguiría sería probablemente mucho más profunda que cualquier cosa que hayamos visto en la historia de la posguerra.

Este artículo apareció originalmente en CapX.


  • Mitchell Palmer es economista en el Adam Smith Institute, con sede en Londres. Simultáneamente, se desempeña como asesor senior de políticas en el Parlamento de Nueva Zelanda.Mitchell tiene una licenciatura con honores de primera clase en Historia y Economía de la Universidad de Oxford (New College). Durante su estancia en Oxford, fue nombrado Hayek Fellow de la Mont Pelerin Society. También estudió en el Yale-NUS College en Singapur.