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lunes, marzo 30, 2026 Read in English
perro
Imagen: Perro pastor en el redil | Crédito: Matthew Lee, Wikimedia

Sistemas de confianza


Lo que los perros pastores nos enseñan sobre la libertad.

En la isla de Lewis en Escocia, los pequeños agricultores (crofters) todavía trabajan a la antigua: un hombre, dos perros, un rebaño y el viento del Atlántico. Al observar a Leslie y sus collies, Bruce y Jude, rodear ovejas por una pradera, me sorprendió lo poco que hacía falta mandar. Tras un silbido y una palabra, los instintos de Bruce y Jude se encargaban del resto. Era orden sin control y libertad dentro de un propósito. Esta es la libertad correctamente entendida.

Lewis es el hogar de muchas industrias tradicionales: la pequeña agricultura, el tejido de tweed y la pesca. Es un lugar donde la vida todavía depende de la habilidad, la comunidad y el respeto por los elementos. Cuando Leslie guió a sus perros por la ladera, la escena parecía atemporal, como si poco hubiera cambiado en cientos de años. Sin embargo, lo que más me impactó no fue la nostalgia, sino lo que esta sencilla relación de trabajo revelaba sobre la libertad, la confianza y los límites del control.

Bruce y Jude saben exactamente qué hacer ante una oveja terca o extraviada. Leslie no les da una docena de órdenes nuevas; confía en el criterio de ellos. Leen el terreno, sienten el movimiento del rebaño y deciden la mejor manera de poner orden. Es una asociación basada en el entendimiento mutuo. Los perros no son libres en el sentido de hacer lo que les plazca; al contrario, son libres dentro de los límites del propósito y la disciplina. Su obediencia no anula su independencia, sino que la hace posible.

Esa relación contiene una lección que va mucho más allá de la granja. Hoy en día, los gobiernos se parecen con demasiada frecuencia a pastores excesivamente ansiosos, emitiendo directrices interminables en un intento de controlar cada variable. Si Leslie intentara guionizar cada movimiento de Bruce y Jude, el caos no tardaría en llegar. Estarían confundidos, dubitativos y paralizados por las instrucciones. La granja se desmoronaría bajo el peso de la microgestión. Lo mismo ocurre en la gobernanza: cuando el Estado presume que debe dirigir cada detalle de la vida de las personas, la iniciativa desaparece, la confianza se erosiona y la competencia decae.

La colaboración entre el pastor y el perro es un ejemplo vivo de un orden que emerge de la libertad; no impuesto desde arriba, sino cultivado desde dentro. Los perros actúan mediante el conocimiento local: entienden su entorno, al rebaño y las sutiles señales de su amo. No necesitan una dirección constante porque el sistema del que forman parte ya conlleva normas compartidas y confianza mutua. Así es como ocurre la verdadera cooperación: no a través de la regulación, sino a través de la relación.

La libertad no es anarquía. Bruce y Jude no salen disparados hacia el campo en cuanto el silbato de Leslie deja de sonar. Su libertad se gana, arraigada en la disciplina, la habilidad y la confianza. El mismo tipo de libertad sostiene a la propia isla. Por todo Lewis se encuentran “cajas de la honestidad” junto a los caminos rurales, donde los lugareños dejan huevos frescos, productos recién horneados e incluso ropa de tweed de segunda mano con solamente una lata para el pago. No hay cámaras de vigilancia ni burocracia, solamente confianza en que la gente hará lo correcto. Además, si un agricultor se enferma, un vecino cuida de su rebaño. Aquí la responsabilidad es personal, no se delega en una agencia o un comité.

La vida en la isla funciona gracias a la iniciativa y al respeto mutuo, no por instrucciones oficiales. Nadie decretó que debían existir las cajas de la honestidad, ni que los agricultores debieran ayudarse entre sí. Estas costumbres perduran porque funcionaron en el pasado y lo siguen haciendo ahora. Eso es lo que le da a Lewis su fuerza silenciosa: la sensación de que la libertad no es un problema que deba resolverse, sino una condición que debe mantenerse.

Comparemos esto con el impulso político moderno de regularlo todo; desde el habla hasta los fogones de las cocinas. Con demasiada frecuencia, los legisladores asumen que el orden debe venir de arriba, de los planificadores centrales en Whitehall o Holyrood. Sin embargo, en las colinas pantanosas de Lewis, el orden surge de forma natural de la confianza y el propósito compartido. Los perros no necesitan un documento de política pública para saber qué hacer; necesitan entrenamiento, confianza y espacio para actuar. Lo mismo ocurre con las personas libres.

La libertad no significa caos; significa responsabilidad y espacio para ejercerla. Los campos de Lewis nos recuerdan silenciosamente que los sistemas basados en la confianza funcionan mejor que los sistemas basados en el control. Cuanto más poder se desplaza hacia el Estado, más débiles se vuelven esos vínculos locales. La libertad, una vez sustituida por la burocracia, rara vez regresa.

Al ver a Leslie, Bruce y Jude arrear ovejas contra el viento del Atlántico, era fácil ver por qué esta relación ha perdurado durante siglos. Es eficiente, humana y se basa en la comprensión mutua; una metáfora perfecta de la libertad. El pastor no necesita dominar a sus perros; en cambio, confía en ellos para que hagan su trabajo. Una vez ganada esa confianza, esta se convierte en el cimiento del orden. Y ya sea en la ladera de una colina o en la sociedad en general, eso es lo que la libertad debería ser en realidad: no la ausencia de estructura, sino la presencia de confianza.

Este artículo se publicó originalmente en CapX.


  • Benjamin B.H. Ko es estudiante de maestría en la Universidad de St Andrews y pasante en el Institute of Economic Affairs en Londres.