La comprensión crece con el aprendizaje conectado.
Recientemente, a la clase más joven de nuestra escuela le regalaron figuritas miniatura de axolotes. Si no está familiarizado, los axolotes son lindas salamandras que están de moda. Lo que comenzó como una sorpresa sencilla y divertida rápidamente se convirtió en algo mucho más grande.
Los estudiantes empezaron diseñando hogares para sus axolotes. Comenzaron a pensar en el hábitat, el ambiente y lo que sus criaturas podrían necesitar para vivir. Luego las ideas crecieron. Esas pequeñas figuritas llegaron a ser personajes. Cada estudiante comenzó a crear una historia sobre quién era su axolote, de dónde venía y qué aventuras podría tener. Pronto, esas ideas individuales se expandieron aún más cuando los estudiantes comenzaron a crear comunidades enteras. Empezaron a conectar los mundos de sus axolotes, creando espacios compartidos, relaciones y sistemas dentro de ellos. Nuestra maestra no les entregó una hoja de trabajo ni les asignó un tema. En cambio, intervino como guía para ayudar a formar historias de sus ideas, integrando naturalmente lecciones sobre elementos narrativos, ortografía y gramática en el camino. Lo que podría haber sido una actividad rápida se convirtió más bien en una rica experiencia de aprendizaje integrado, impulsada naturalmente y completamente por la curiosidad.
Y todo comenzó con un pequeño axolote de plástico.
Antes de poder mejorar la escuela, tenemos que hacernos una pregunta más profunda: ¿Con qué función cumple realmente la escuela? Para nosotros en The Innovation School, esa pregunta no nos llevó a un currículo empaquetado ni a un programa con guión. Nos llevó a una filosofía que ha moldeado cómo vemos a los niños, al aprendizaje y al papel de un maestro. Esa filosofía es el enfoque Reggio Emilia. Comenzó después de la Segunda Guerra Mundial en un pequeño pueblo de Italia, cuando una comunidad liderada por el educador Loris Malaguzzi se propuso re-imaginar lo que podría ser la educación. Después de la destrucción de la guerra, querían un sistema que no tuviera como cimientos la obediencia ni la rigidez. Querían uno que se basara en la curiosidad, las experiencias de la vida real y el potencial humano. La creencia es que los niños ya están llenos de ideas, preguntas y teorías sobre el mundo. Quiere decir que no simplificamos el aprendizaje; confiamos en que nuestros estudiantes sean capaces, y escuchamos tanto como enseñamos.
También transforma el papel del maestro. En lugar de ser el “sabio en el escenario” que reparte información, el maestro se convierte en un guía que observa, hace preguntas y proporciona materiales y estructura cuando sea necesario. El aula en sí se convierte en parte del aprendizaje. En Reggio Emilia, a menudo se le llama el “tercer maestro”. Los espacios están diseñados intencionalmente para invitar a la curiosidad, los materiales son accesibles y el aprendizaje es verdaderamente visible. Verás proyectos en proceso, colaboración que ocurre de manera natural y pensamiento documentado en todas partes. El aprendizaje no es algo que le sucede pasivamente a los estudiantes; más bien, es algo que ellos activamente construyen.
El aprendizaje a menudo comienza con el interés del estudiante en lugar de un currículo fijo. A esto le llamamos investigación. Una pregunta al jugar puede convertirse en una investigación completa. Una pequeña idea puede crecer hasta convertirse en semanas de exploración. Los estudiantes asumen el rol de investigadores, diseñadores y solucionadores de problemas. Esto es lo que sucede cuando al aprendizaje se le permite crecer en vez de ser apresurado. El aprendizaje en este modelo es profundamente social. Los estudiantes no solo absorben contenido; sino que también aprenden a resolver desacuerdos, a escuchar diferentes perspectivas y construir ideas juntos. En un entorno de edades mixtas como el nuestro, esto ocurre de manera aún más natural. Los estudiantes mayores lideran, y los más jóvenes observan y contribuyen. Al mismo tiempo, el aprendizaje se hace visible a través de la documentación. Los maestros capturan el progreso mediante fotos, videos y reflexiones escritas para que los estudiantes y las familias puedan ver en qué están trabajando, y también para ayudar a los estudiantes a revisitar y profundizar su pensamiento. Envía un mensaje claro: tu pensamiento importa, y tu aprendizaje es tuyo.
Otra idea central de Loris Malaguzzi es los “cien lenguajes de los niños”. Esta es la creencia de que los estudiantes expresan su comprensión de muchas maneras diferentes. No solo a través de la escritura o los exámenes, sino a través del arte, el movimiento, la construcción, la narrativa y la discusión. No todos los niños demuestran lo que saben en una hoja de trabajo, y no todos los niños prosperan en el silencio y la quietud. Cuando ampliamos la forma en que los estudiantes pueden demostrar su comprensión, ampliamos quién puede sentirse exitoso en la escuela.
Por supuesto, este enfoque no está exento de críticos. Algunos argumentan que sin un currículo fijo, los estudiantes tendrán vacíos en su aprendizaje. Otros se preocupan de que le falta estructura, o que depende demasiado del interés del estudiante. También existe la preocupación de que este tipo de entorno no prepara a los estudiantes para el “mundo real”, donde existen expectativas, plazos y estándares. Estas son preocupaciones válidas. Pero lo que hemos encontrado es que la estructura y la flexibilidad no son opuestos. Pueden, y deben, coexistir. Nuestros alumnos siguen aprendiendo estándares. Siguen desarrollando habilidades fundamentales en matemáticas, lectura y escritura. La diferencia está en cómo llegan a ellas. Las habilidades se enseñan en contexto, no de manera aislada. Un ejemplo de esto en acción es el de nuestros estudiantes escribiendo reseñas de comidas locales. Han estado probando diferentes bocados y bebidas de restaurantes locales y escribiendo críticas honestas, pero respetuosas. De paso, aprenden a formar opiniones, a respaldar esas opiniones con razones y a comunicarse claramente con un público. Lo que parece una actividad divertida es en realidad un trabajo de alfabetización donde practican la estructura de escritura, gramática, vocabulario, tono y objetivo de una manera que sienten es real y llena de significado. Cuando el aprendizaje es conectado y significativo, la retención se profundiza y la comprensión crece.

Reagan, una alumna de primer grado, escribe su propia historia de axolote, con un problema, una solución y mucha imaginación.

En cuanto a la idea de que los estudiantes necesitan dirección externa constante para tener éxito, nosotros argumentaríamos lo contrario. El mundo real no te entrega una hoja de trabajo y te dice exactamente qué hacer a continuación. Requiere resolución de problemas, adaptabilidad, colaboración e iniciativa. Estas son precisamente las habilidades que este tipo de entorno desarrolla. Y aunque puede parecer menos controlado desde afuera, hay una gran intencionalidad detrás. Los maestros están constantemente observando, ajustando, guiando y asegurándose de que los estudiantes estén progresando. No es falta de estructura. Es un tipo de estructura diferente, receptiva en lugar de rígida.
El hecho de que estemos inspirados por el enfoque Reggio Emilia nos da un cimiento al que regresamos continuamente. Nos proporciona una manera de fundamentar nuestras decisiones y reflexionar sobre nuestras prácticas. No todo lo que hacemos sigue el enfoque al pie de la letra, pero nos ofrece un camino claro hacia adelante. Nos recuerda ver a los niños como seres capaces, dejar que la curiosidad guíe, y diseñar un aprendizaje que sea activo, social y significativo.
Y a veces, comienza con algo tan pequeño como un axolote.