Por qué todos los proteccionistas no son capitalistas

El comercio y la tecnología que ahorran mano de obra son económicamente indistinguibles.

Es bien conocido entre personas que siguen las cifras, que la producción manufacturera de los Estados Unidos continúa creciendo, a pesar del hecho de que el número de estadounidenses empleados en trabajos considerados como del sector manufacturero, tuvieron su pico en junio de 1977 y, desde ese entonces, ha venido declinando con pocas interrupciones.

No obstante, algunas personas  -por ejemplo, Robert Scott del Economic Policy Institute- continúan insistiendo en que la pérdida de trabajos en la manufactura en los Estados Unidos, se debe principalmente a un comercio incrementado de los Estados Unidos con no-estadounidenses. Otros estudios encuentran evidencia empírica de que la innovación que ahorra mano de obra, en vez del comercio, es la abrumadoramente responsable de la pérdida de empleos en la industria manufacturera.

Si me viera obligado a escoger entre estas dos supuestas fuentes de competencia como explicación de las pérdidas de empleos en la industria de la manufactura –el comercio versus la innovación que ahorra trabajo- estaría, sin dudarlo, a favor de esta última. Si el comercio fuera la principal fuente de pérdidas de empleos en las fábricas estadounidenses, sería muy difícil explicar el aumento continuo de la producción manufacturera estadounidense. Pero, pienso que al preguntar “¿es la mayoría de las pérdidas de empleos en el sector manufacturero ocasionada por el comercio o por la innovación tecnológica?, hace que uno pierda la idea central, lo fundamental, que la respuesta a esa pregunta no importa, debido a que, tanto el comercio como la innovación que ahorran mano de obra, son, económicamente hablando, idénticos.

El comercio es una innovación 

Por su misma naturaleza, el comercio ahorra empleo. Yo puedo hornear mi propio pan con mis propias manos y con mis propias bandejas, en mi propia cocina. Pero, al así hacerlo, requeriría más de mi propio tiempo, que el necesario para que yo gane, dando clases de economía, el ingreso suficiente como para comprar el pan de mi panadero. Mi especialización en enseñar economía y, luego, intercambiar por pan, me ahorra algo de mi trabajo.

O, podría hornear mi propio pan, usando una sofisticada máquina para hacer pan colocada en el mostrador de mi cocina. Sin embargo, yo, por mí mismo, no puedo hacer esa máquina; debo intercambiar algo a fin de obtener tal máquina, así como los insumos -incluyendo la electricidad- requeridos para producir un pan sabroso. Así que, puede decirse que, cualquier pan que produzca en mi propio hogar, con mi increíble máquina de hacer pan, es resultado del intercambio.

De la manera que sea -con comercio con el panadero o con el uso de mi increíble máquina de hacer pan- obtengo pan a cambio de un menor esfuerzo, que el que yo tendría que poner para suplirme, por mí mismo, del pan, si no fuera capaz de comerciar con el panadero o usando esta máquina.

¿Qué diferencia hay si el trabajo es ahorrado ya sea directamente con una máquina o con otro ser humano?

Recuerden el reporte de David Friedman, acerca de la producción de carros en Iowa (tal como la relató Steve Landsburg, con un énfasis agregado por Donald Boudreaux): 

“Hay dos tecnologías para producir automóviles en los Estados Unidos. Una opción es manufacturarlos en Detroit y la otra es hacerlos en Iowa. Todo mundo conoce acerca de la primera tecnología; déjenme hablarles acerca de la segunda. Primero, usted siembra las semillas, que son las materias primas de las cuales se construyen los automóviles. Usted espera unos meses hasta que surge el trigo. Luego, usted cosecha el trigo, lo carga en barcos y manda los barcos hacia el oeste hasta llegar al Océano Pacífico. Después de unos meses, los barcos reaparecen con Toyotas montados en ellos.

El comercio internacional no es más que una forma de tecnología 

El hecho de que haya un lugar llamado Japón, con gente y fábricas, es sumamente irrelevante para el bienestar de los estadounidenses. Para analizar las políticas comerciales, bien podemos suponer que Japón es una máquina gigantesca, con mecanismos internos misteriosos, que convierten al trigo en carros. Cualquier política diseñada para favorecer a la primera tecnología estadounidense por encima de la segunda, es una política diseñada para favorecer a los productores de automóviles estadounidenses en Detroit, por encima de los productores de carros estadounidenses en Iowa. Un impuesto o una prohibición sobre autos “importados” son un impuesto o una prohibición sobre automóviles crecidos en Iowa. Si usted protege de la competencia a los productores de carros de Detroit, entonces, usted debe dañar a los agricultores de Iowa, pues los agricultores de Iowa son la competencia. 

La tarea de producir una flota dada de carros puede ser asignada entre Detroit y Iowa de diversas maneras. Un sistema de precios competitivo selecciona aquella asignación que minimiza el costo total de producción. Sería innecesariamente costoso manufacturar todos los carros en Detroit, innecesariamente caro manufacturar todos los automóviles en Iowa e innecesariamente oneroso usar los dos procesos de producción, en otra cosa que no sea el índice natural que surge como resultado de la competencia. 

Eso significa que la protección para Detroit hace más que tan sólo transferir ingreso de los agricultores hacia los trabajadores de la industria automotriz. También incrementa el costo total de suplir a los estadounidenses, con un número dado de automóviles. La pérdida en eficiencia se presenta sin ninguna ganancia que la compense; empobrece a la nación, como un todo.

Hay mucha palabrería en torno a mejorar la eficiencia en la fabricación de carros en los Estados Unidos. Cuando usted tiene dos formas de hacer un carro, la vía hacia la eficiencia es usar las dos en proporciones óptimas. La última cosa que usted querría hacer es poner trabas artificiales a una de sus tecnologías de producción. Es pura superstición creer que un Camry, crecido en Iowa, es menos “estadounidense” que un Taurus construido en Detroit. Las políticas sustentadas en la superstición, con frecuencia no producen un fruto eficiente. 

En 1817, David Ricardo -el primer economista que pensó con la precisión, aunque no en el lenguaje, de la matemática pura- puso los fundamentos para todo pensamiento futuro en torno al comercio internacional. En el intermedio de 150 años, su teoría ha sido muy desarrollada, pero, sus fundamentos permanecen tan firmemente establecidos, como ninguna otra cosa en economía.

La teoría del comercio internacional predice que, si usted protege de la competencia internacional a productores nacionales en una industria, entonces, usted ha de provocar un daño a los productores nacionales en otras industrias. En segundo lugar, predice que, si usted protege de la competencia externa a los productores de una industria, deberá existir una pérdida neta en eficiencia económica. Frecuentemente, los libros de texto establecen estas proposiciones mediante gráficos, ecuaciones y un razonamiento complicado. La pequeña historia de arriba, que yo aprendí de David Friedman, hace las mismas proposiciones de forma deslumbrantemente obvia con una metáfora persuasiva. Esa es la economía en su máxima expresión”.

Hay que repetir una idea especialmente importante: “el comercio internacional no es más que una forma de tecnología”. Esto es, el comercio -nacional o internacional- en sí constituye una innovación. Encontrar especialistas con los cuales uno puede hacer un intercambio beneficioso, requiere de transporte y comunicación –ambos son, hoy en día, facilitados por una maquinaria avanzada. No obstante, otras innovaciones, menos obvias, están involucradas –por ejemplo, el supermercado. La forma organizacional del supermercado reduce los costos a los consumidores de la búsqueda y adquisición de comestibles. (Super-tiendas, como Walmart, reducen esos costos aún más). En el comercio internacional, esa caja aparentemente simple que hoy conocemos como el contenedor para el transporte, es una innovación que ahorra trabajo, la cual reduce dramáticamente el costo de intercambiar el uno con el otro para hombres y mujeres de todo el mundo. Igualmente, con el gigantesco y magnífico, barco de carga moderno.

Nuestra habilidad para intercambiar se eleva gracias a las innovaciones tecnológicas. Así, las innovaciones nos ayudan a ahorrar trabajo, tanto directamente (como con una increíble máquina para producir pan en el mostrador de mi cocina), como indirectamente (como con el contenedor para envíos, que me permite adquirir de mejor manera bienes ensamblados por trabajadores, que viven a miles de millas de distancia de mi persona).

En conclusión, tratar de medir qué proporción de algún número de pérdidas de empleos se debe a la innovación y qué proporción de esas pérdidas de trabajos se debe al comercio, es algo sin sentido: desde una perspectiva válida, todas las pérdidas de empleos se deben a la innovación; desde otra perspectiva válida, todos los empleos perdidos se deben al intercambio. Pero, desde cualquiera de esas perspectivas, el mismo hecho de que se pierden trabajos específicos, significa que se ha ahorrado en mano de obra.

Este artículo fue publicado originalmente en Café Hayek

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