La tormenta perfecta de consecuencias no deseadas
En la década de 1930, además de enfrentar la Gran Depresión que tenía agarrada a gran parte del mundo industrializado, los estadounidenses, en particular en los Estados de las Llanuras, también se enfrentaban a las Tormentas de Polvo, considerada la mayor catástrofe ambiental de origen humano en la historia del país. Aunque la Depresión se quedó en la mente de los estadounidenses, la Gran Ola de Polvo no fue menos traumática ni devastadora para quienes la vivieron y, al igual que la crisis económica, transformó la sociedad estadounidense, ya que miles de personas perdieron sus granjas, su medios de subsistencia y, en algunos casos, incluso sus vidas.
Debido a que la Gran Tormenta de Polvo es, para la mayoría de la gente, un evento distante, podría ser útil tener una idea de su escala masiva a través de algunos hechos y cifras:
- En un solo día, el 14 de abril de 1935, conocido por la historia como el Domingo Negro, se desplazó más suciedad en el aire (alrededor de 300 millones de toneladas) durante una masiva tormenta de polvo, que la que se movió para construir el Canal de Panamá.
- La suciedad de lugares tan lejanos como Illinois y Kansas fue arrastrada a lugares en el este, incluyendo la ciudad de Nueva York y a los estados de la costa este.
- Para 1934, se estimaba que 100 millones de acres de tierra de cultivo habían perdido toda o la mayor parte de su capa superior de suelo por los vientos.
- Durante el mismo abril del Domingo Negro de 1935, uno de los asesores de Franklin D. Roosevelt, Hugh Hammond Bennett, estaba en Washington, D.C., en camino para testificar ante el Congreso sobre la necesidad de una legislación de conservación del suelo. Una tormenta de polvo llegó a Washington desde las Grandes Llanuras. Mientras una polvorienta oscuridad se extendía por la capital de la nación y borraba el sol, Bennett explicó, “Esto, caballeros, es de lo que he estado hablando”. El Congreso aprobó la Ley de Conservación del Suelo ese mismo año.
Además del daño a la tierra por la erosión de la capa superior del suelo, la Gran Barrera de Polvo impulsó a miles de agricultores a dejar sus granjas y trasladarse a las ciudades o a dejar la zona por completo y dirigirse al Oeste, alrededor de diez mil al mes en su apogeo. Muchos de los que se dirigieron al oeste vinieron de Oklahoma y se les conoció como Okies. Fueron inmortalizados por John Steinbeck en The Grapes of Wrath (o “Las uvas de la ira”).
En 1936, el presidente Franklin D. Roosevelt, deseando asegurarse de que nada parecido al Dust Bowl pudiera volver a ocurrir, creó el Comité de Área de Sequía de las Grandes Llanuras. Encargó al comité que determinara las causas exactas de la Gran Ola de Polvo. El primer informe preliminar del comité se presentó el 27 de agosto de 1936, con un extenso memorándum que se publicó a finales de año.
En The Worst Hard Time: The Untold Story of Those Who Survived the Great American Dust Bowl, Timothy Egan cita el primer informe: “Políticas públicas erradas han sido en gran parte responsables de la situación, [específicamente] una política de vivienda equivocada, el estímulo de las demandas de la guerra que llevó a la sobreexplotación y el pastoreo excesivo, y el fomento de un sistema de agricultura que no podía ser ni permanente ni próspero”. En resumen, según el comité de Roosevelt, tres políticas gubernamentales fueron responsables del Dust Bowl: La Ley de Asentamientos Rurales de 1862, que proporcionó a los colonos 160 acres de tierra pública, seguida por la Ley Kinkaid de 1904 y la Ley de la Granja Ampliada de 1909. Estos actos condujeron a una afluencia masiva de agricultores nuevos e inexpertos a través de las Grandes Llanuras, muchos de los cuales creían en el mito de que “la lluvia sigue al arado”.
Aunque a Roosevelt, que creía que las políticas del gobierno podían ser una fuerza para mejorar la suerte de los seres humanos, no le gustaban las conclusiones de su comité, las aceptó. Por supuesto, los políticos no se propusieron crear la Gran Ola de Polvo, pero no se han librado del todo. Como señala Egan, tres grupos de personas testificaron ante el Congreso sobre las consecuencias potencialmente desastrosas de las políticas que alentarían el arado de la tierra en los Estados de las Llanuras: ecologistas, indígenas y agricultores. A pesar de su testimonio, los legisladores siguieron adelante con sus políticas. Estos tres grupos se convirtieron en los Casandras de las políticas mencionadas: como Casandra en el mito griego, dijeron la verdad, pero nadie escuchó.
Independientemente de que los legisladores hayan aprendido o no, varias lecciones surgen de la experiencia de la Gran Ola de Polvo. En primer lugar, las consecuencias completas de una política determinada pueden tardar muchos años, incluso décadas, en manifestarse. Esto hace que sea muy difícil determinar con precisión la causa determinante de un evento en particular. Segundo, múltiples políticas pueden combinarse para crear una situación que ninguna política por sí sola hubiese provocado.
En este caso, la Ley de Asentamientos rurales de 1862 llevó a la gente a las Grandes Llanuras, pero no fue suficiente para hacer que la gente trabajara la tierra. Los otros actos, que siguieron a la Ley de Granjas por más de cuarenta años, alentaron a la gente a actuar de una manera que interrumpió el delicado equilibrio ecológico que se había establecido por milenios. Por último, cuando los encargados en desarrollar las políticas se comprometen a adoptar un determinado curso de acción, a menudo proceden independientemente de las aportaciones recibidas por los expertos.