La función de los precios en la economía

Los precios, como dictaba el economista Thomas Sowell en su manual de “Economía Básica” son uno de las mejores herramientas de comunicación en la economía.

El intervencionismo, ante la situación que vive la economía, está teniendo un fuerte auge en las sociedades que, ante la desigualdad y la falta de oportunidades, aboga por una mayor presencia de las instituciones en el desarrollo de las sociedades. Y es que, históricamente, el liberalismo económico se ha visto muy amenazado, y enjuiciado, por los desfases económicos que se han ido dando.

Con el surgimiento de las distintas crisis y shocks que ha vivido la economía a lo largo de la historia, el nacimiento de distintos nacionalismos y revueltas sociales ha cuestionado el papel de liberalismo en las economías. Grandes depresiones como la del 2008 o la conocida como “el crack del 29”, por el año en el que se dio, son fieles muestras de cómo la sociedad pone de manifiesto la culpabilidad del liberalismo y el libre mercado en los diversos, y catastróficos, sucesos.

Los precios han conectado los recursos limitados y los principios de escasez con la sociedad demandante.

Una gran mentira, al menos si se observa desde el punto de vista científico, pues históricamente, el liberalismo, ha significado un método de crecimiento en aquellos países que más sometidos se encontraban. Sin embargo, la inseguridad y el malestar generado por estos sucesos provocó una necesidad en la sociedad de que el Estado interviniese en aquellos factores que provocaban situaciones desagradables y de malestar económico, como los precios.

Los precios, como dictaba el economista Thomas Sowell en su manual de “Economía Básica” son uno de las mejores herramientas de comunicación en la economía. Los precios han conectado los recursos limitados y los principios de escasez con la sociedad demandante, provocando un raciocinio mucho más exacto y justificado que el que realizaban los gobiernos que trataban de regular la demanda y la oferta en base a la regulación de los precios y el raciocinio de bienes.

Si nos remontamos a la Unión Soviética, como hace Thomas Sowell en sus manuscritos, podemos darnos cuenta de la ineficacia que provoca esta regulación en la administración de los bienes, así como el satisfacción de la demanda y la oferta en los países que se aplica. Especialmente, uno de los casos más clarificadores, es el de las pieles en la Unión Soviética, donde el gobierno producía pieles en masa, provocando una masiva pérdida de recursos por la intervención gubernamental del mercado de oferta y el desconocimiento de la demanda en el país.

No hay viviendas para todos

El principio de escasez, en economía, muestra un escenario, aplicable en todo el mundo, en el que las necesidades de las personas son ilimitadas, mientras que los recursos que se ofrecen son escasos y muy limitados. Por esta razón, el principio de escasez, por el cual se rige la ciencia económica y el principio de economizar, muestra una lectura en la que los recursos para producir todos los bienes y servicios demandados por una sociedad son insuficientes, por lo que debe existir una administración de esos bienes para poder economizar los recursos y maximizarlos al máximo.

Para ello se fijan los precios. Una herramienta mediante la cual las sociedades realizan transacciones, es decir, intercambian bienes y servicios en función de la capacidad del demandante y la necesidad del oferente. Para explicar esto, Thomas Sowell hace referencia a las casas en la costa, pues todos querrían tener una casa en la costa, pero la incapacidad de que hayan casas en la costa para todos los demandantes provoca la necesidad de unos precios dinámicos y que varíen en función de la demanda y la oferta existente. Es decir, los precios subirán con la demanda, pues sólo aquellos que puedan dar más por esas casas podrán contar con una.

De otra forma, si fuese el Estado el que regula los precios de estas casas, estas deberían asignarse en función de unos parámetros burocráticos y gubernamentales totalmente injustificados e injustos, socialmente hablando. Pues no podemos asignar, de forma completamente arbitraria, quien es el afortunado de poder tener una casa en la playa y quien es el desgraciado de no poder contar con una de ellas. Algo parecido a lo que ocurre en aquellas ciudades donde se limita el precio del alquiler y hay listas de espera para poder acceder a una vivienda de precio limitado.

De la otra forma, los precios, en un mercado capitalista, regulan el acceso al inmueble, dejando que sean aquellos que más recursos poseen, y más paguen por la vivienda, sean los que tengan acceso a ella. No existe un gobierno que diga quien debe o no debe tener una casa en la playa por el favoritismo político. No existe una corrupción que adjudique a dedo las viviendas, ni un sistema concursal que asigne de forma arbitraria las casas de la playa. El principio de escasez hace su función y los precios determinan, de forma totalmente equitativa, quien puede tener una casa en la playa, y quien no.

Una administración eficiente

Los precios también determinan una mejor administración de los recursos en las sociedades, pues el libre mercado, en un mercado capitalista y donde los precios ejercen su función total, los recursos se administran en función de una demanda y no en función de unos intereses gubernamentales. Es decir, si una persona demanda yogur, la leche producida por las vacas irá destinada a la elaboración de yogur, en mayor medida, y se producirá la cantidad de yogur exacta que demande el mercado. La medición se fijará en los precios que pague la gente y en el momento que el costo supere al beneficio, se dejarán de destinar recursos a la producción de yogur; por lo que se podrá destinar esos mismos recursos a fabricar otra serie de productos que, en esta ocasión, sí demande el mercado.

Algo que no ocurre con los mercados con precios fijos, pues no se puede medir el umbral de rentabilidad al igual que en los mercados libres. Casos como el de Rusia nos muestra esta situación, donde la Unión Soviética producía las pieles en masa y como no era el mercado el que hablaba, la cantidad de pieles producidas superaba a una demanda que, con la fijación y la regulación gubernamental, se mostraba oculta y de espaldas al conocimiento del gobierno, que no conocía los intereses del mercado y producía en exceso y en base a unos intereses que no se ajustaban a la realidad económica. Una situación que provocaba una pérdida de recursos, por la incapacidad de producir otra serie de bienes, y un mayor agravamiento del principio de escasez.

Un productor puede hacer una lectura de la demanda y poner los precios que desee, pero en un mercado capitalista y donde los precios rigen el mercado, la economía hace su papel y si el precio se encuentra por encima de lo que el mercado está dispuesto a pagar por ese bien o servicio, el productor se verá obligado a reducir los precios. Por esta razón, cuando un determinado producto o servicio está experimentando un incremento en los precios, el incremento viene precedido de un aumento en la demanda o una reducción en la oferta. Por esta razón, la oferta y la demanda se ve perfectamente reflejada en los precios, en los mercados capitalistas.

Países como Alemania, la India, China, han experimentado un mayor crecimiento y desarrollo económico tras la liberalización de sus mercados y la desregulación de los mismos. Lo mismo ocurrió en Ghana o Sri Lanka, donde las economías comenzaron a crecer al eliminar los raciocinios y dejar que fuese el mercado el encargado de hacer su función y dejar que los precios fluctuasen en base a la oferta y demanda, y no en base a los intereses de sus respectivos gobiernos.

En definitiva, los precios son una herramienta de gran utilidad para el correcto reparto de los bienes y servicios en la sociedad. Así lo fija el principio de escasez y no sería justo que un gobierno sea el encargado de dictaminar quién tiene derecho a tener un determinado bien y quién no. El sistema de precios muestra un sistema meritocrático y en el que los bienes se reparten en función de la capacidad y no la influencia social del individuo. Un sistema de mercado refleja un equitativo reparto en su máximo esplendor.