¿Hemos alcanzado nuestros actuales niveles de paz y prosperidad gracias a la intervención del Estado o a pesar de ella?
El hombre en la jungla
Una de las razones más citadas para la existencia del Estado es que garantiza un comercio pacífico. Se nos dice que sin el Estado actuando como “árbitro” en nuestra vida comercial, habría abundancia de fraudes, incumplimientos contractuales y una atmósfera generalmente poco propicia para un mercado floreciente.
Thomas Hobbes, nacido hace 433 años, es quizás el más culpable de este mito y de su continua influencia. Uno de los arquitectos filosóficos del gobierno moderno, Hobbes especuló célebremente sobre cómo sería la vida humana en un “estado de naturaleza” (es decir, en ausencia de poder estatal):
En tal estado, no hay lugar para la industria, porque su fruto es incierto; y, por consiguiente, no hay cultivo de la tierra; no hay navegación, ni uso de las mercancías que pueden importarse por mar; no hay edificios cómodos; no hay instrumentos para mover, y remover, cosas que requieren mucha fuerza; no hay conocimiento de la faz de la tierra; no hay cuenta del tiempo; no hay artes; no hay letras; no hay sociedad; y lo que es peor de todo, miedo continuo, y peligro de muerte violenta; y la vida del hombre, solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta.
En otras palabras, dejados a nuestra suerte, seguramente nos convertiríamos en un grupo de matones y vándalos, que se saquearían continuamente unos a otros y no lograrían construir una civilización estable. Viviríamos con un “miedo continuo” los unos a los otros porque todos somos criaturas terribles.
El Estado al rescate
Menos mal que Hobbes tiene una solución para este lío.
Para remediar la violencia de la naturaleza, estableceremos un gobierno por “contrato social”, y por el “consentimiento de los gobernados”, este gobierno nos protegerá de nosotros mismos y de nuestros malvados compañeros.
El Estado gozará de “soberanía absoluta” y, por tanto, podrá resolver todas las disputas de sus súbditos.
>Hobbes afirma que el Estado siempre estará ahí como campeón y defensor de los derechos humanos y del bien común.
En cualquier trato social o comercial que tengamos entre nosotros, el Estado siempre estará ahí como campeón y defensor de los derechos humanos y del bien común. Bajo este glorioso régimen, el comercio puede prosperar y todos nos enriqueceremos juntos, unificados bajo los auspicios de nuestros benevolentes señores.
(No se nos permite preguntarnos cómo estos señores serán tan santos, dado que todos somos -así se nos dice- irremediablemente malvados).
¿Se equivocó Hobbes?
Hobbes tiene una gran capacidad filosófica y es un contendiente difícil de debatir. Incluso en retrospectiva, no es tan fácil refutar su teórico estado de naturaleza porque el gobierno que preveía se ha hecho realidad en gran medida.
De ahí que cualquier objetor de esta teoría pueda ser recibido con la réplica de que la prueba del gobierno está en gobernar. El estado generalmente pacífico de nuestro mundo y la ausencia de violencia en la inmensa mayoría de los comercios demuestran que Hobbes tenía razón, ¿verdad?
¿Hemos alcanzado nuestros actuales niveles de paz y prosperidad gracias a la intervención del Estado o a pesar de ella?
El reputado psicólogo Steven Pinker publicó recientemente un libro con gran éxito de ventas que recopila una enorme cantidad de datos estadísticos que dan crédito a esta afirmación. De hecho, Pinker afirma (con razón o sin ella) que estamos viviendo la edad de oro de la historia. Y sin embargo, post hoc non ergo propter hoc…
Nuestro mundo es sin duda más rico, más pacífico y menos violento que nunca, pero la pregunta sigue siendo: ¿Hemos alcanzado nuestros actuales niveles de paz y prosperidad gracias a la intervención del Estado o a pesar de ella?
El comercio internacional refuta el estado de naturaleza hobbesiano
Hay un ámbito en el que todavía tenemos acceso a información en tiempo real de la que podemos extraer ideas para nuestra filosofía fundamental del hombre y la sociedad: el comercio internacional.
Para el momento en que se escribe este artículo, no existe ningún gobierno internacional. Aunque hay innumerables tratados, como el TLCAN, que regulan el comercio entre naciones específicas y organismos internacionales como la ONU, que nominalmente apoyan la paz y el desarrollo entre naciones, todavía no hay ningún Estado, propiamente dicho, que goce de soberanía global en el mercado internacional.
Imaginemos cuánto más robustas podrían ser nuestras redes de comercio internacional si viviéramos en un mundo sin muros arancelarios.
De ello se desprende -si llevamos la teoría hobbesiana a su límite lógico- que el comercio internacional tiene lugar dentro de un estado de natural, es decir, en ausencia de un poder estatal mediador. Y sin embargo, cualquiera que esté familiarizado con el comercio mundial sabe que es cualquier cosa menos “solitario, pobre, desagradable, brutal y corto”.
Tenemos entonces una reductio ad absurdum. En el ámbito del comercio internacional, tenemos pruebas demostrables de que Hobbes estaba simplemente equivocado sobre la naturaleza humana, la realidad social y el gobierno.
El comercio internacional prospera a pesar de las agresiones de los gobiernos nacionales en los mostradores de importación y exportación. (Imaginemos cuánto más robustas podrían ser nuestras redes de comercio internacional si viviéramos en un mundo sin muros arancelarios).
El comercio global en el mundo real
Las empresas de ambos lados del Pacífico pueden negociar, y de hecho lo hacen, contratos y acuerdos comerciales complejos sin una supervisión estatal paternalista. En mi propia vida profesional -realizando compras internacionales en el sector energético- lo hacemos todo el tiempo, comprando equipos en China y re-vendiéndolos en Turquía.
En más de tres décadas, mi empresa no ha recurrido ni una sola vez al Estado -estadounidense, chino, turco o cualquier otro para resolver nuestras disputas (que son muchas). Más bien, confiamos en las normas del sector, en contratos bien redactados, en inspectores independientes, en compañías de seguros y en organismos de arbitraje para protegernos de los malos negocios. Todos estos son acuerdos voluntarios que sirven a nuestras necesidades de forma mucho más eficaz que cualquier gobierno coercitivo.
La ley y el orden no requieren del Estado
Esto nos lleva a un punto muy importante y nos devuelve a Thomas Hobbes de nuevo. Hobbes no se equivocó del todo al afirmar que las partes que realizan transacciones suelen necesitar el arbitraje de terceros. Su error crítico radicaba en suponer que sólo un Estado (es decir, un “monopolio territorial de la fuerza”, según la memorable frase de Hans Hoppe) podía resolver las inevitables disputas y conflictos que surgen en la sociedad humana.
Es cierto que necesitamos el arbitraje y la mediación para resolver pacíficamente nuestras disputas. También necesitamos cuerpos de leyes y sistemas judiciales establecidos que nos presten estos servicios.
Pero de ello no se deduce que el gobierno deba proporcionarlos. De hecho, es bastante absurdo imaginar que un gobierno, que por definición no se dedica a ninguna actividad comercial, pueda ser capaz de regular todo el espectro de la actividad comercial sin los conocimientos especializados que necesariamente se distribuyen en cada sector de la economía. En nuestra época de rápido desarrollo tecnológico, la idea resulta aún más absurda. Los gobiernos simplemente no pueden seguir el ritmo.
Podemos convivir pacíficamente en asociación voluntaria y en relaciones económicas mutuamente beneficiosas.
La idea de que el gobierno -una institución cuya esencia es monopolizar el uso de la violencia- pueda servir como instrumento de elección para resolver pacíficamente las disputas es irrisoria a primera vista. También es intelectualmente insostenible. Bruce Benson, en The Enterprise of Law, demostró de forma convincente que la ley y el orden no sólo pueden sino que deben surgir sin un Estado. (Es un tributo al éxito de Hobbes que la mayoría de la gente hoy en día apenas puede imaginar cómo sería posible).
El economista Robert Murphy también nos prestó un gran servicio en su libro Chaos Theory: Two Essays on Market Anarchy, para hacernos soñar con un mundo de hombres y mujeres libres que cooperan pacíficamente entre sí para beneficio mutuo.
Estos y muchos otros grandes pensadores de la tradición liberal clásica han trabajado incansablemente para mostrarnos cómo podemos convivir pacíficamente en asociación voluntaria y en relaciones económicas mutuamente beneficiosas. ¡Ojalá hiciéramos el cambio de paradigma de Hobbes a una sociedad voluntaria en nuestro tiempo!
La cooperación humana frente al poder coercitivo del Estado
Hay, por supuesto, mucho más que decir, y esto es sólo el esbozo de un argumento mucho más amplio. Lo esencial es que tenemos pruebas continuas, en el comercio internacional del mundo real, de una cooperación humana pacífica y mutuamente beneficiosa en ausencia de un Estado coercitivo.
Cualquiera que sea el papel que desempeñen los gobiernos nacionales en la vida comercial de los compradores y vendedores reales en las redes de comercio mundial, no están cumpliendo la función esencial que Hobbes y los suyos especificaron que debían desempeñar. Esas funciones -el arbitraje, la mediación y el cumplimiento de los contratos- las llevan a cabo con más frecuencia actores privados como los inspectores de terceros y las compañías de seguros transnacionales.
Esta evidencia debería obligarnos a abandonar la falacia hobbesiana de que necesitamos un Estado para garantizar la paz en nuestra vida comercial.
A fin de cuentas, el Estado es demasiado incompetente para resolver los problemas del comercio en el mundo real, por la buena razón de que los gobiernos no son empresas comerciales y, por tanto, no tienen experiencia en la resolución de problemas comerciales. Esto es claramente obvio cuando consideramos las diferencias entre FedEx y USPS, pero el principio es aplicable globalmente.
Esta evidencia debería obligarnos a abandonar de una vez por todas la falacia hobbesiana de que necesitamos un Estado -un monopolio territorial de la fuerza- para garantizar la paz en nuestras vidas comerciales. (Tal vez podamos aprender a prescindir del Estado en nuestra vida personal, ya que estamos en ello).
¡Hasta nunca Hobbesianismo!