El comercio es lo que nos hace humanos

Fue el mayor "cerebro colectivo" del homo sapiens el que marcó la diferencia.

En La Riqueza de las Naciones, Adam Smith famosamente escribió acerca de la “propensión a negociar, cambiar o permutar una cosa por otra”. Smith observó que el comercio es una característica que distingue a los seres humanos de todas las otras criaturas: 

“...es conocido por todos los hombres, y no se encuentra en los demás animales, los cuales ni conocen, ni pueden tener idea de contrato alguno... Nadie habrá visto que un perro haga con otro un intercambio deliberado de un hueso por otro con otro perro. Nadie vio jamás a un animal, con sus gesticulaciones y articulaciones naturales, decirle a otro, esto es mío, aquello es tuyo, o yo quiero darte esto por aquello”. [Aquí y en adelante, el énfasis es agregado].

En exitoso libro del 2016, Sapiens [Sapiens, de Animales a Dioses: Breve historia de la humanidad], Yuval Noah Harari señala que nuestras especies siempre han realizado comercio entre grupos por miles de años, pero que otras especies de homínidos nunca lo hicieron: 

“Arqueólogos que excavaron sitios del Sapiens de hace 30.000 años en el corazón de Europa, encontraron ocasionalmente allí conchas de las costas del Mediterráneo y del Atlántico. Con toda probabilidad, estas conchas llegaron al interior del continente por medio de un intercambio de largas distancias entre diferentes bandas de Sapiens. Los sitios del hombre de Neandertal carecen totalmente de evidencias de tal tipo de comercio. Cada grupo creaba sus propias herramientas con materiales locales...”

Él sostiene que esto es lo que le dio al homo sapiens una ventaja comparativa decisiva sobre sus primos distantes, quienes, en algunos casos, en realidad tenían cerebros más grandes que los nuestros.

No obstante, Harari no es el primero en formular este argumento. En su libro del 2010, The Rational Optimist: How Prosperity Evolves [El Optimista Racional: Tiene límites la capacidad de progreso de las especie humana], Matt Ridley formuló y elaboró acerca del mismo punto y el mismo argumento. Ridley también observó la evidencia arqueológica de redes remotas de intercambio entre los homo sapiens.

Ridley distingue prácticamente entre el verdadero comercio y los otros tipos de reciprocidad, que suceden en todo el reino animal:

“No estoy hablando de intercambiar favores, cualquier primate adulto puede hacer eso. La ‘reciprocidad’ es muy común entre los simios y los monos: rascas mi espalda y yo rasco la tuya. (...) Dicha reciprocidad es un pegamento social importante para los humanos, una fuente de cooperación, y un hábito heredado de nuestro pasado animal, que sin duda preparó a los seres humanos para el intercambio. Pero no es lo mismo que el intercambio. La reciprocidad significa dar el uno al otro la misma cosa (usualmente) en momentos distintos. El intercambio -llámenlo trueque o comercio si lo prefieren- significa darse al mismo tiempo cosas diferentes el uno al otro (usualmente): intercambiar simultáneamente dos objetos distintos. En palabras de Adam Smith: “Dame aquello que quiero, y tendrás esto que tú quieres”.

Inventar el comercio entre grupos fue un logro enorme, enfatiza Ridley, especialmente con las condiciones dadas: 

“...las relaciones homicidas existentes entre las tribus. Es conocido que ningún otro primate puede encontrarse extraños sin intentar matarlos, y que el instinto aún merodea en el ser humano. Pero, hace 82.000 años, los seres humanos habían superado este problema lo suficiente como para ser capaces de pasar conchas de Nassarius de mano en mano a lo largo de 200 kilómetros tierra adentro”.

Ridley compara las redes comerciales de nuestros ancestros, con el aislamiento de la tribus  de Neandertales:

“Esto contrasta notablemente con los Neandertales, cuyas herramientas de piedra estaban prácticamente siempre hechas con la materia prima disponible en un radio equivalente a una hora de caminata, de donde se estaría utilizando la herramienta. Para mí, ésta es una pista crucial para descifrar por qué los Neandertales seguían fabricando hachas de mano, mientras sus competidores de origen africano hacían tantos otros tipos de herramientas. La innovación simplemente no ocurre si no hay comercio. El intercambio es para la tecnología lo que el sexo es para la evolución: estimula lo novedoso. Lo que resulta más sorprendente sobre los modernos de Asia occidental no es tanto la diversidad en sus artefactos, sino la continua innovación. Hubo más invenciones en el periodo comprendido entre hace 80.000 y hace 20.000 años que las que hubo en el millón de años que le antecedieron. Esto parece lento si se compara con los estándares modernos, pero, comparado con los del Homo erectus, tenía la velocidad de un relámpago. Y los siguientes diez milenios verían aún más innovaciones: anzuelos para pescar, todo tipo de implementos, lobos domesticados, trigo, higos, ovejas, dinero”.

Los Neandertales eran individualmente más fuertes que nosotros y tenían cerebros más grandes. Eran lo suficientemente listos como, por así decirlo, para hacer herramientas y armas. Eran capaces de pensar conceptualmente, de crear arte y de desarrollar una cultura. Pero, eran incapaces de desarrollar relaciones comerciales fuera del grupo familiar y eso les condenó a muchos milenios de estancamiento económico y tecnológico. 

Ridley también comenta acerca de otra especie homínida, que básicamente usó la misma tecnología de hacha de mano durante un millón de años:

“Para la época de los carniceros de caballos de Boxgrove, sus ancestros lo habían estado fabricando con un diseño muy similar -del tamaño de una mano, afilado, con doble cara, redondo- durante aproximadamente un millón de años, y sus descendientes continuarían fabricándolo durante cientos de miles de años. Es decir, que se utilizó la misma tecnología durante más de mil milenios, diez mil siglos, 30.000 generaciones: un periodo con una duración casi inimaginable. Y no sólo eso: las mismas herramientas fueron fabricadas en toda África. Llevaron el diseño a Oriente y al noreste de Europa (aunque no al este de Asia), y aun así no cambió. Tres continentes fabricando la misma herramienta durante un millón de años. Durante ese millón de años, sus cerebros crecieron en un tercio. He aquí lo sorprendente: los cuerpos y cerebros de las criaturas que fabricaban las hachas de mano achelenses, se transformaron más rápido que sus herramientas”.

Ridley caracteriza al surgimiento del Homo sapiens tal como sigue:

“Después apareció en la Tierra un nuevo tipo de homínido, que se negaba a seguir las reglas. Sin cambios en su cuerpo y sin sucesión de especies alguna, simplemente continuó cambiando sus hábitos. Por primera vez, su tecnología cambió más rápido que su anatomía. Esta especie -una novedad evolutiva- son todos ustedes”.

Por esta razón, Ridley nos apoda Homo dynamicus. Este dinamismo no devino de nuestros grandes cerebros individuales, lo cual, de nuevo, no era exclusivo. De acuerdo con Ridley, viene de nuestro “cerebro colectivo” de carácter masivo, el orden espontáneo cuasi inteligente que emergió de las vastas redes comerciales. No obstante, este cerebro colectivo gigantesco, a su vez, puede ser producto de una mejora dentro de la evolución, “no del tamaño”, de nuestros cerebros individuales, que nos da la capacidad para hacer intercambios, “de esto por aquello”. 

El comercio entre los homo sapiens condujo a la primera división del trabajo entre extraños, lo que promovió una intensa especialización y con ello la experiencia. Esta experiencia, esta cooperación económica a gran escala entre extraños, y el intercambio entre grupos de ideas tecnológicas a través de las redes mentales remotas, estimularon y mantuvieron una acumulación rápida de tecnología que, por vez primera, persistió a través de generaciones.

Nuestra caja de herramientas siempre mejorada, además de las eficiencias productivas de la división del trabajo en sí, condujo a la primera aparición del “progreso” en el planeta. Por primera vez en la historia de la vida en la tierra, la evolución cultural sobrepasó a la evolución biológica. El intercambio es lo que nos hace humanos. Tal vez el mejor nombre para esa especie maravillosa sería Homo cattalactus