Cómo los cupones de alimentos son como las ventanas rotas

Hoy en día, muchos políticos cometen el mismo error que los espectadores de la famosa parábola de Bastiat.

"Debemos recordar que por cada dólar que gasta un beneficiario del SNAP (Programa de Asistencia Nutricional Suplementaria, o beneficios de cupones de comida), la economía se estimula en $1.50 dólares".

Esta frase fue compartida más de una vez en una reciente audiencia en el Congreso sobre el futuro del mayor programa de alimentación del gobierno federal, el SNAP.

Fue uno de los muchos argumentos para apoyar la expansión sostenida del SNAP tras el aumento del 15% de las prestaciones que se produjo con la reciente aprobación de la Ley del Plan de Rescate Norteamericano y antes del Plan Familiar Norteamericano que pretende ampliar el SNAP aún más para los niños y los ex delincuentes.

Fui el único testigo de los cinco presentes en la audiencia que declaró en contra. Después de escuchar repetidamente la justificación del estímulo económico, envié un mensaje de texto al subdirector de personal de la Comisión de Agricultura de la Cámara de Representantes: "¿Nadie ha oído hablar de la falacia de la ventana rota?"

Frederic Bastiat, economista francés, publicó en 1850 un ensayo titulado "Lo que se ve y lo que no se ve", en el que recordaba que la diferencia entre un buen economista y uno malo es que este último solo tiene en cuenta los efectos que se ven, pero el buen economista considera los efectos que se ven y los que no se ven. Para ilustrar esto, escribió la parábola de La ventana rota, en la que la vitrina del dueño de una tienda la rompe un niño descuidado. Los transeúntes apenas se compadecen del dueño de la tienda, pues explican que, aunque él se quede sin dinero por la vitrina, el reparador de ventanas depende de esos accidentes para tener trabajo. El reparador gana el pago y el dueño de la tienda gana una nueva vitrina. Todo va bien, hasta que Bastiat señala lo que no se ve: que los dólares del dueño de la tienda podrían haberse gastado en un par de zapatos nuevos que habrían satisfecho tanto la necesidad del dueño de la tienda como el empleo de esa tercera persona invisible, el zapatero.

No es difícil ver cómo el programa de cupones de alimentos tiene algún efecto de estímulo económico. Un informe del gobierno explica que por cada mil millones de dólares en beneficios del SNAP, el PIB crece en $1.540 millones de dólares y crea 13.560 puestos de trabajo.

Esto es lo que se ve. Pero, ¿qué pasa con lo que no se ve?

Mientras que los remedios impuestos por el gobierno simplemente mueven dinero, sabemos que la creatividad humana del mercado crea un crecimiento real

Los puestos de trabajo creados en los sectores concretos señalados en el informe dan lugar a un salario promedio anual de algo menos de $52.000 dólares, lo que hace que el buen economista se pregunte por el despilfarro que supone gastar mil millones de dólares para crear 13.560 puestos de trabajo. Esto supone un costo de casi $74.000 dólares por puesto de trabajo.

"Pero la gente se alimenta", pueden afirmar algunos; y es correcto: unos 42 millones de ellos a través del programa actualmente. Eso es lo que se ve.

Sin embargo, hay otras desgracias invisibles que se derivan de este programa de bienestar. Un joven sin hogar, Terry, que entró en el programa de preparación para el trabajo a largo plazo en nuestra misión para personas sin hogar, me habló con franqueza cuando le pregunté sobre su anterior uso de los cupones de alimentos. "¿Qué habrías hecho si no hubiesen estado a tu disposición?". le pregunté. Hizo una pausa antes de reírse: "Probablemente me habría buscado un trabajo".

Según un grupo de expertos en políticas con sede en Washington DC, Terry es uno en un grupo de más de un millón. En concreto, estiman que los requisitos de trabajo para los adultos sanos, sin dependientes (ABAWD), habrían puesto a 1.3 millones de personas en riesgo de perder sus beneficios del SNAP. En mi estado, Missouri, cuando se aplicaron los requisitos de trabajo en 2016, más del 85% de los ABAWD, como Terry que dependían del SNAP, abandonaron el papel de la asistencia social y sus ingresos se duplicaron con creces, gracias a más trabajo y nuevos empleos.

"Bueno, al menos el gobierno está haciendo algo para ayudar a la gente", replicarán muchos.

Consideremos de nuevo lo que no se ve. Un simpatizante de nuestra organización sin fines de lucro financiada con fondos privados me escribió el mes pasado: "Ya no le pienso dar a organizaciones benéficas... Si necesita financiación, póngase en contacto con el gobierno de su ciudad, ya que el gobierno federal les ha dado más dinero del que pueden usar". El SNAP u otros programas públicos que desembolsan recursos para ayudar a los pobres desplazan de forma rutinaria y silenciosa al sector privado.

Muchos aplauden los cupones para la comida como si el PIB nacional dependiera de unos niveles de hambre cada vez mayores.

Un estudio descubrió que por cada dólar inyectado en la economía por el gobierno, las iglesias reducen su gasto para atender la misma necesidad social en al menos $0.50 dólares. Teniendo en cuenta la probabilidad bien establecida de que los donantes locales se conviertan en voluntarios e interactúen con los necesitados, las mismas relaciones cruciales para ayudar a cualquier persona a salir de la pobreza también se ven desplazadas cuando el gobierno interviene con asistencia.

Cuando los espectadores de la parábola de Bastiat se dieron cuenta del beneficio de la ventana rota, se unieron al reparador de ventanas para bendecir al niño por su descuido y se encogieron de hombros ante la aparentemente inevitable destrucción.

Hoy en día muchos políticos hacen lo mismo. Incapaces de abordar las verdaderas causas de la pobreza, aplauden los cupones para la comida como si el PIB nacional dependiera de niveles de hambre cada vez mayores.

Mientras las soluciones impuestas por el gobierno simplemente mueven el dinero de un lado al otro, sabemos bien que la creatividad humana del mercado genera el verdadero crecimiento. Dejemos de conformarnos con las ventanas rotas y comencemos a buscar soluciones reales.