El reverendo doctor John K. Williams ha sido profesor y actualmente escribe y da conferencias como independiente desde su base en North Melbourne, Victoria, Australia.
Una de las frases más citadas de Henry Ford es su afirmación: “¡La historia es una tontería!”. Su opinión fue compartida por el tristemente célebre Ambrose Bierce, que definió la historia como “un relato, en su mayor parte falso, de acontecimientos, en su mayor parte sin importancia, provocados por gobernantes, en su mayor parte bribones, y soldados, en su mayor parte tontos”.
En las últimas décadas, un examen de los programas escolares podría sugerir que los pedagogos están de acuerdo con Ford y Bierce. El estudio de la historia ha perdido importancia en la jornada escolar. En muchas escuelas australianas se ha convertido en parte de un estudio más amplio conocido como “estudios sociales” o “estudios generales”. El alumno puede, al aprender sobre el funcionamiento del gobierno local actual, observar cómo diferentes naciones en el pasado disfrutaron de formas de “gobierno local”, o al estudiar los hábitos alimenticios de la gente en la Australia contemporánea, compararlos con los de la Inglaterra isabelina.
Cuando se enseña historia, se pide que sea “relevante”. Rara vez se especifica con precisión para qué ha de ser relevante, aunque la presunción parece ser que la historia debería estar “relacionada – con – los – temas – contemporáneos – que – ocupan – los – titulares – y – constituyen – el – reportaje – principal – de – las – noticias – televisivas”. Dado que la controvertida y enojosa cuestión de los “derechos sobre la tierra” de los aborígenes de Australia se ha convertido en una fuente de continua controversia, la historia de la colonización blanca de Australia, el trato de los primeros colonos a los aborígenes, es, aparentemente, “relevante”.
Lo que es supremamente irrelevante es lo que solía llamarse historia “grecorromana”. Pocas escuelas australianas malgastarían un tiempo que podrían dedicar a actividades “relevantes” informando a los alumnos de forma “irrelevante” de que en el siglo V a.C. se produjo una prolongada guerra entre las ciudades-estado griegas de Esparta y Atenas. Sin duda, pocos jóvenes australianos, si es que hay alguno, habrán leído el discurso pronunciado por la figura principal de Atenas, Pericles, durante el primer año de esa guerra, el año 431 a.C. Sin embargo, los sentimientos expresados en ese discurso son sumamente “relevantes” no sólo para el mundo de la década de 1980, un mundo en el que la libertad está amenazada y el lema “¡Libertad es esclavitud! “de 1984 de George Orwell, sino para todos los amantes de la libertad de todos los tiempos.
La esclavitud en Atenas
La Atenas del siglo V a.C. no era, en verdad, una ciudadela de la libertad. La esclavitud era una realidad. Las mujeres no podían votar. Sin embargo, la chispa de la libertad brillaba en aquella notable civilización. A esa chispa apeló Pericles cuando, un día de invierno del año 431 a.C., pronunció un discurso en una solemne fiesta anual en la que los ciudadanos de Atenas rendían homenaje a los caídos en defensa de su ciudad-Estado. Este año, dada la guerra con Esparta, el número de caídos era muy elevado.
Pericles no habló del valor de los caídos. No se refirió a las nobles cualidades de aquellos a los que todo un pueblo quería honrar. Habló más bien de la realidad por la que ellos, los muertos, habían luchado y por la que habían muerto. Esa realidad no era un lugar, un territorio o una ciudad llamada “Ath ens”. Era más bien toda una forma de vida, una forma de vida que encarnaba la chispa de la libertad.
lie comenzó recordando a su audiencia que esta forma de vida había sido asegurada por la “sangre y el trabajo” de sus antepasados. Había nacido de la lucha, de la batalla, de la prueba, de las dificultades. Hombres y mujeres de un pasado lejano habían soñado un sueño y, con gran esfuerzo y sacrificio, lo habían hecho realidad. Ese sueño estaba, según Pericles, plasmado en la “constitución y forma de vida” que, en verdad, hicieron de Atenas la ciudad-Estado que era.
“Nuestra constitución se llama democracia porque el poder no está en manos de una minoría, sino de todo el pueblo”. En sentido estricto se podría cuestionar esta afirmación: como se ha señalado, las mujeres no podían votar y Atenas contaba con esclavos entre su población. Pero lo cierto es que Atenas no estaba gobernada por el capricho de un monarca o los caprichos de una aristocracia. De hecho, Pericles explicó inmediatamente el factor crítico de esta forma de gobierno: “Cuando se trata de dirimir disputas privadas, todos son iguales ante la ley; cuando se trata de poner a una persona por delante de otra en puestos de autoridad pública, lo que cuenta no es la pertenencia a una clase determinada, sino la capacidad real que el hombre posee.”
Hubo que esperar unos veintiún siglos para que estas palabras volvieran a cautivar el pensamiento y la imaginación tanto de filósofos como de hombres y mujeres corrientes. En el siglo XVII, el feudalismo era, en Europa, la norma. Gobernaban los monarcas y sus favoritos, y los señores feudales y sus familias. Lo que era legalmente permisible para ellos estaba prohibido para los de raza inferior. La libertad de unos para practicar su religión se negaba a los otros. En el siglo XVIII este sistema empezó a cambiar, pero no se consiguió la “igualdad ante la ley”. Sólo unos pocos privilegiados podían importar mercancías de otras naciones. Los que “gobernaban” decretaban qué bienes debían comprar las masas controlando los precios. Los salarios pagados variaban de una industria a otra, pero eran determinados por el gobierno. A los hijos de los más pobres se les exigía, por ley, que se especializaran en determinados oficios.
Una sociedad de contrato, no una sociedad de estatus
Sin embargo, la visión de una “sociedad de contrato” en lugar de una “sociedad de estatus” atraía tanto a las grandes mentes como a la gente sencilla. ¿No podría una persona producir bienes simplemente por “la capacidad real que posee”, no por su nacimiento o por un privilegio especial? ¿No podría cualquier persona ser libre de negociar con otra y acordar un salario aceptable tanto para el empleador como para el empleado? Pensadores como John Locke empezaron a hablar de “derechos” individuales, comunes a todos, que los gobiernos debían respetar. Que un sistema de leyes se aplicara a todos -gobernantes y gobernados por igual- se convirtió en una causa por la que la gente luchaba. Que los gobernantes fueran elegidos por los gobernados y rindieran cuentas ante ellos se convirtió en una idea que caldeó los corazones y cautivó las mentes de miles de personas.
De hecho, en el siglo XVIII se redactaron tres documentos absolutamente notables en una nueva nación a la que habían huido numerosas personas que buscaban la libertad religiosa para sí mismas (pero no siempre, por desgracia, para los demás): los Estados Unidos de América. El 12 de junio de 1776, “representantes del buen pueblo de Virginia” afirmaron solemnemente una Declaración de Derechos en la que se afirmaba que “todos los hombres son, por naturaleza, igualmente libres e independientes”, y gozan de “ciertos derechos inherentes” que ningún gobierno puede vulnerar: “el disfrute de la vida y la libertad, con los medios para adquirir y poseer bienes, y perseguir y obtener la felicidad y la seguridad”. “Ningún hombre, o conjunto de hombres, tiene derecho a emolumentos o privilegios exclusivos o separados de la comunidad, sino en consideración a los servicios públicos; los cuales, no siendo descendientes, tampoco deben ser hereditarios los cargos de magistrado, legislador o juez”.
Más conocida, quizás, es la unánimemente aceptada por los entonces trece Estados Unidos de la Declaración de Independencia el 4 de julio del mismo año. “Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales, que son dotados por su Creador de ciertos Derechos inalienables, que entre ellos están la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad. Que para garantizar estos derechos, los Gobiernos se instituyen entre los Hombres, derivando sus justos poderes del consentimiento de los gobernados”. Los tres documentos se hacían eco de los sentimientos de Pericles: igualdad ante la ley; ausencia de castas; concesión de cargos de autoridad pública en función de la capacidad, no del nacimiento.
Igualdad de oportunidades
Pericles no negaba que en Atenas existieran disparidades entre ricos y pobres. “Consideramos la riqueza como algo que hay que utilizar adecuadamente, más que como algo de lo que alardear. En cuanto a la pobreza, nadie tiene por qué avergonzarse de admitirla: la verdadera vergüenza está en no tomar medidas prácticas para escapar de ella.” La “igualdad” que alababa como característica del modo de vida ateniense no residía en la supuesta posesión de “iguales capacidades”; de hecho, al afirmar que los cargos de autoridad pública iban a parar a quienes mejor se adaptaban a ellos, daba por sentado que diferentes personas disfrutaban de diferentes capacidades y habilidades. Del mismo modo, no residía en la “igualdad de posesiones”. Se basaba simplemente en la igualdad de derechos de las personas a comportarse como quisieran para intentar alcanzar los objetivos que ellas mismas se habían fijado, y en la protección, mediante la ley, frente a individuos o minorías que negaran los derechos de los demás a vivir como quisieran.
Para Pericles, la ley era importante. Sólo el gobierno basado en principios generales de conducta justa podía “proteger a los oprimidos”, es decir, garantizar las libertades de los débiles y frenar la violencia real o la amenaza de violencia de los fuertes. De hecho, detrás de esas leyes formales había otra ley: “aquellas leyes no escritas cuya infracción es una vergüenza reconocida”. El contenido preciso de estas “leyes no escritas” no está claro: es evidente, sin embargo, que se incluían la reverencia a los dioses ajenos y el respeto a los muertos. En lenguaje contemporáneo, Pericles percibía que la forma ateniense de libertad implicaba la reverencia a las reverencias de los demás y el respeto a los semejantes, un respeto que se expresaba incluso cuando, al estar muertos, ya no se podía cooperar con ellos ni ayudarles.
Alejándose de la vida política y del imperio de la ley, Pericles habló de la vida “cotidiana” de los atenienses. “No nos enzarzamos con nuestro vecino de al lado si se divierte a su manera, ni le dirigimos ese tipo de miradas negras que, aunque no causan ningún daño real, hieren los sentimientos de la gente. Somos libres y tolerantes en nuestra vida privada, pero en los asuntos públicos nos atenemos a la ley”.
Tal vez aún no se haya escrito una declaración más clara o sencilla de la filosofía de la libertad. Está la “ley de igual libertad” de Herbert Spencer: “Cada hombre tiene libertad para hacer todo lo que quiera, siempre que no infrinja la misma libertad de ningún otro hombre”[1] Está la “ley de la libertad” de John Stuart Mill: “El único fin por el que la humanidad está autorizada, individual o colectivamente, a interferir en la libertad de acción de cualquiera de ellos es la autoprotección…. El único propósito por el cual el poder puede ser legítimamente ejercido sobre cualquier miembro de una comunidad civilizada, en contra de su voluntad, es prevenir el daño a otros. Su propio bien, ya sea físico o moral, no es garantía suficiente”[2] Estos y los tres documentos fundamentales, mencionados anteriormente, que encapsulan el “American way”, son intelectualmente más rigurosos y se relacionan más fácilmente con las tareas de los gobiernos y los tribunales, pero las palabras de Pericles dicen todo lo que hay que decir. “Somos libres y tolerantes en nuestra vida privada; pero en los asuntos públicos nos atenemos a la ley”.
El discurso de Pericles señala otros aspectos del estilo de vida ateniense. Señala que Atenas está “abierta al mundo”, que no tiene secretos que ocultar; que no hay reclutamiento para la guerra ni preparación para la guerra, enfrentándose al peligro militar “con el valor natural y no con el inducido por el Estado”; y que los atenienses, incluso “los que se ocupan principalmente de sus propios asuntos, están extremadamente bien informados sobre la política general.”
Descripción de un ideal
La exactitud de la descripción que Pericles hace del modo de vida ateniense es objeto de debate. Muchos estudiosos consideran que apunta más a un ideal que a documentar la realidad. Sea como fuere, sus palabras resuenan a través de los milenios y nuestros hijos merecen escucharlas. El espíritu que inspira sus palabras es el mismo que conquistó, en algunos lugares de este planeta, el gobierno de la tiranía y el privilegio, la imposición por parte de los poderosos de sus creencias y valores a los débiles, y los sistemas económicos dictados por unos pocos en lugar de surgir de las elecciones y acciones de la mayoría.
Sin embargo, hay otra razón por la que ]os defensores de la libertad y los herederos de la libertad deberían conocer a Pericles y escuchar sus palabras. El registro de sus palabras salió de la pluma de un gran historiador, Tucídides, quien valientemente -quizás presuntuosamente- afirmó que, al registrar los acontecimientos de la terrible guerra entre Atenas y Esparta, estaba escribiendo una obra “no… diseñada para satisfacer los gustos de un público inmediato, sino… para durar para siempre”[3].
Atenas perdió la guerra. Tucídides insinúa por qué. Se refiere, por supuesto, a errores militares concretos y a estrategias desacertadas. Sin embargo, la causa última de la caída de Atenas radicó en el desprecio de “esas leyes no escritas que es una vergüenza reconocida quebrantar”.
Leyes no escritas
Esencialmente, como ya se ha señalado, esas “leyes no escritas” implican una reverencia por lo que es “sagrado”. La importancia de honrar lo que los seres humanos perciben como poseedor de un valor supremo, incluso cuando la propia visión de “los dioses” o de Dios está en desacuerdo con las visiones de los demás, y un profundo respeto por el prójimo en su singularidad como ser humano: esto lo olvidó Atenas.
Tucídides insinúa una secuencia. Decaen los modales: el sencillo código de normas, no impuesto por ningún tribunal, que hace posible una vida armoniosa. Después, la moral. Por último, el “imperio de la ley” no se respeta.
Incluso el lenguaje sufre cambios. Al describir la quiebra del Estado de derecho en una ciudad-Estado griega, Corcyra, Tucídides escribe: “Para adaptarse al cambio de los acontecimientos, también las palabras tuvieron que cambiar sus significados habituales. Lo que antes se describía como un acto irreflexivo de agresión se consideraba ahora como el valor que se esperaba encontrar en un miembro del partido; pensar en el futuro y esperar era simplemente otra forma de decir que uno era un cobarde; cualquier idea de moderación era sólo un intento de disfrazar el carácter poco varonil de uno; la capacidad de comprender una cuestión desde todos los puntos de vista significaba que uno estaba totalmente incapacitado para la acción. El entusiasmo fanático era la marca de un hombre de verdad. . . [y] siempre se podía confiar en cualquiera que sostuviera opiniones violentas [mientras que] cualquiera que se opusiera a ellas se convertía en sospechoso”.
Las lealtades se derrumban. “Las relaciones familiares eran un vínculo más débil que la pertenencia a un partido . . .” “Si se hacían pactos de seguridad mutua, las dos partes sólo los suscribían para hacer frente a alguna dificultad temporal, y sólo permanecían en vigor mientras no hubiera otra arma disponible. . . En las luchas de los líderes políticos por el ascenso nada estaba prohibido. . . ; no les disuadían ni las reclamaciones de la justicia ni los intereses de otras personas: su única norma era el placer de su propio partido en ese momento concreto.”
Reina el caos. Y, desesperado, el pueblo da la bienvenida a cualquier persona o grupo que prometa el restablecimiento del orden y una cierta apariencia de seguridad. Hay que pagar un precio, pero el pueblo, declara Tucídides, paga ese precio. Es la libertad.
El precio que pagamos
No es alarmista preguntarse si, hoy en día, estamos asistiendo a la misma secuencia: el olvido de las “leyes no escritas” y la consiguiente decadencia de las costumbres y la moral; el desafío a las leyes escritas; el uso del poder político para favorecer intereses particulares en lugar de proteger la libertad de todos; la ruptura de los lazos de respeto mutuo que conforman la comunidad y la aparición de poderosos grupos de presión que compiten por el poder y el beneficio a través de la coacción; finalmente, el colapso del orden, el imperio del caos y el clamor de que alguien, en algún lugar, restablezca alguna forma de control. Se paga el precio que exige el tirano: la libertad.
Henry Ford y Ambrose Bierce hablaban de la historia con desprecio y diversión. Sin embargo, el antiguo romano Marco Tulio Cicerón y el norteamericano Oliver Wendell Holmes Jr. hablaban de otra manera. Cicerón escribió: “No conocer los acontecimientos que sucedieron antes de que uno naciera, eso es seguir siendo siempre un niño”. Afirma Holmes: “Cuando quiero entender lo que ocurre hoy o intento decidir lo que ocurrirá mañana, miro hacia atrás”.
Karl Marx se equivocaba cuando hablaba de las leyes inmutables de la historia. Los seres humanos no son los instrumentos pasivos de un proceso misterioso que se abre camino hacia un destino inevitable. Sin embargo, al igual que los seres humanos están sujetos a las leyes de la naturaleza pero, al comprenderlas, pueden construir barcos y navegar sobre vastos océanos, crear aviones y volar por el aire, y diseñar cohetes que se elevan a los recovecos antaño inexplorados del espacio, así los seres humanos, en sus intentos de vivir en armonía, libertad y paz, deben reconocer la realidad de algunas verdades muy sencillas pero fáciles de olvidar, y tratar de comprenderlas.
Tucídides nunca terminó su historia. Describió una enfermedad que puso fin a un modo de vida consagrado a la libertad, pero no prescribió ningún remedio, al igual que, muy al principio de su relato, describió los síntomas de una misteriosa plaga que nadie parecía capaz de curar y de la que perecieron muchos miles de personas.
La tarea inacabada
Son los amantes de la libertad quienes terminarán la historia de Tucídides. Siendo testigos en su propia época de los síntomas que Tucídides describió con tanto esmero, y sabiendo que, ignorados, tales síntomas conducen a la destrucción, los partidarios de la filosofía de la libertad vivirán ellos mismos como personas libres, honrando la ley y respetando el valor de su prójimo. Se esforzarán, con palabras y argumentos, por recomendar a los demás lo que tanto aprecian ellos mismos. Y, sea cual sea su credo específico, sabrán que, en última instancia, lo que creen que “debería ser” está arraigado y fundamentado en “lo que es”, y depositarán su confianza última en la Fuente de esas “leyes no escritas” que confieren dignidad a los individuos y grandeza a una nación.
Notas
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H. Spencer, Social Statics (publicado por primera vez en 1850, reimpreso por la Fundación Schalkenbach, Nueva York, 1970), p. 95.
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J. S. Mill, On Liberty (publicado por primera vez en 1859, reeditado E. P. Dutton, Nueva York, Every-man’s Library, 1957), p. 73.
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Todas las citas proceden de La guerra del Peloponeso, de Tucídides, traducido por Rex Warner (Penguin Books, Londres, 1954).
Publicado originalmente el 1 de marzo de 1983