Los progresistas deben revisar su propia y problemática historia

Estoy seguro de que la ironía ha impactado a otros cuya astucia es más afilada y más rápida que las mía.

Esta mañana mis ojos lograron leer una copia del excelente volumen de Tomas Leonard, Illiberal Reformers [Reformadores no liberales] del 2016. El libro se había quedado inadvertidamente en uno de mis estantes.

En ese libro, el economista de Princeton, Leonard, documenta el evidente racismo de los fundadores del movimiento progre de los Estados Unidos. Leonard documenta la creencia patente de los primeros “progres”, de que diferencias causadas genéticamente en las habilidades justificaban medidas represivas del gobierno para proteger, a quienes estaban mejor capacitados, de los menos capacitados -y en especial de la competencia económica que poseían estos. (Por ejemplo, las leyes de salarios mínimos fueron inicialmente diseñadas -y promovidas por académicos “progres”- como un buen mecanismo fino para proteger a los trabajadores blancos, de tener que sufrir la competencia de trabajadores negros o de otras razas.

La sociedad humana debía progresar, al ser el resultado de la ingeniería del Estado para mejorar la reserva genética.

Y ahora, un siglo después, los “progres” están dándose palmaditas en las espaldas, los unos a los otros, por no tener nada que ver con el fallecido economista premio Nobel James Buchanan (1919-2013). La causa de esta auto-celebración, por supuesto, es la reciente publicación de Democracy in Chains (Democracia en Cadenas) de Nancy MacLean, en el cual Buchanan es retratado como un racista oculto en el closet, cuya exploración durante toda su vida acerca de la naturaleza de las reglas constitucionales (y de la gobernabilidad democrática bajo dicha reglas) fue utilizada por plutócratas avariciosos, como una cobertura ideológica para sus políticas rapaces.

No obstante el problema con la historia de MacLean es que -en palabras de Phil Magness- “parece ser completamente inventada”.

Hay cero evidencia, expuesta u oculta, de que Buchanan era un racista. Él era cualquier cosa, menos eso.

Ya sea que MacLean crea o no en su narrativa, todo mundo, con algún conocimiento verdadero de los trabajos de Buchanan, entiende que la narrativa de ella es pura tontería. No está, como dicen, “apoyada por los hechos”.

En otras palabras, los libros de MacLean parecen contener tanta verdad como cualquier tweet, seleccionado al azar, del actual presidente de los Estados Unidos, enviado a las 2 de la mañana. Hay cero evidencia, expuesta u oculta, de que Buchanan era un racista. Él era cualquier cosa, menos eso.

De manera que, si una ideología ha de ser condenada por sus usos y orígenes racistas, no es el liberalismo clásico o el libertarianismo, de Jim Buchanan –pues, como lo señalan el viejo colega de Jim (y mío) David Levy (y Sandy Peart), esa ideología tienen una honorable trayectoria de oponerse al racismo, cuando combatir el racismo estaba de moda.

La ideología que deberíamos condenar -si es que seguimos el consejo implícito de todos los “Progres” que están alabando el libro de MacLean- es la de los “progresistas”. Esa ideología, tal como la documenta Thomas Leonard con evidencia (en vez deindirectas), está verdaderamente fundamentada pro en racismo.

Reimpreso de Cafe Hayek.