La competencia expuso décadas de fracaso económico.
El 12 de octubre de 1960, el primer ministro soviético Nikita Jrushchov golpeó el podio con su zapato durante un discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, gritándoles a los países capitalistas: “¡Nosotros [los socialistas] los enterraremos!”. En menos de 30 años, el socialismo, y no el capitalismo, estaba muerto y enterrado en Europa del Este. La URSS desapareció de los mapas.
¿Por qué el líder ruso estaba tan seguro de la victoria del marxismo? ¿Por qué se equivocó tanto en su predicción? La respuesta está en la naturaleza del socialismo como forma de organizar la producción y el intercambio. El capitalismo depende de la búsqueda de ganancias empresariales y de las señales de precios del mercado. El socialismo depende de controles benevolentes y de la sabiduría de los expertos.
En un plazo de cinco años tras ocupar Europa del Este, Moscú entrelazó las economías de Albania, Bulgaria, Checoslovaquia, Alemania Oriental, Hungría, Polonia y Rumania con la URSS en el Consejo de Asistencia Económica Mutua (abreviado como Comecon o CAME). Para 1978, este pacto había integrado a Mongolia, Cuba y Vietnam.
La propiedad privada fue expropiada. La iniciativa empresarial fue criminalizada. La palabra “ganancia” se convirtió en una palabra sucia. Todos eran empleados del Estado. Los mecanismos de mercado fueron reemplazados por la planificación central. Fijar salarios y precios se convirtió en una adivinanza para los burócratas de las agencias gubernamentales. El resultado fueron escasez y productos de mala calidad.
A los miembros del CAME se les ordenaba especializarse en producir algo que los demás comprarían. Las preferencias de los consumidores no podían revelarse para determinar qué producir. El costo de los recursos no podía guiar a los productores hacia las formas más eficientes de fabricar los bienes. La igualación de los salarios destruyó los incentivos para trabajar.
Hungría fabricó autobuses Ikarus, muchos más que los que Mercedes-Benz producía en Alemania Occidental. Incómodos, ruidosos, con gases tóxicos de escape que se filtraban al interior (donde los pasajeros se congelaban o se asaban), eran inseguros y necesitaban reparaciones constantes. Aun así, se enviaron cientos de miles de ellos por todo el CAME.
Alemania Oriental fabricó Wartburgs y Trabants. Esos eran casi tan confiables como el primer automóvil fabricado en 1769. ¡Con un cupé de cartón! ¿Cómo se comparaban con el Volkswagen Escarabajo? Como un hot dog comparado con un filete miñón. Los clientes no podían comprar en Occidente. Así que tenían que esperar 15 años para obtener permiso de comprar estas maravillas tecnológicas.
Polonia demuestra cómo la especialización basada en principios políticos, en lugar de principios de mercado, puede convertirse en una trampa. El país se convirtió en uno de los mayores productores de carbón del mundo, alcanzando un máximo de 200 millones de toneladas en 1979. Las exportaciones de carbón (segundas solo después de las de Estados Unidos) mantenían encendidas las luces de los demás miembros del CAME y le proveían al país valiosas divisas capitalistas.
El sistema dependía de estimaciones poco realistas de una producción en constante aumento. Sobrecargados de trabajo y mal pagados, los mineros se declararon en huelga en 1980. La producción y las exportaciones de carbón se desplomaron. La economía socialista no pudo generar suficientes ingresos para pagar sus deudas con los bancos occidentales. Sin nuevo crédito, no había importación de maquinaria ni de repuestos.
La economía polaca entró en una profunda recesión que llevó a un golpe de Estado. No es que se quedara sin carbón de un día para otro, pero las exportaciones a los países del CAME cayeron un 80% en tan solo dos años. La industria había perseguido prioridades políticas en lugar de ganancias. Tras décadas de planificación con anteojeras ideológicas, había llegado el día de rendir cuentas.
Cuando Stalin tomó Checoslovaquia, el país heredó una de las bases industriales más avanzadas de Europa del Este. Se convirtió en un importante proveedor de equipos para la Unión Soviética y otros miembros del CAME. Sin embargo, la especialización socialista significaba que no había competencia. Esto tiende a preservar la tecnología antigua en lugar de fomentar la innovación.
Las fábricas estatales tenían clientes garantizados. No enfrentaban presión de mercado para reducir costos, mejorar la calidad o ponerse al día con Occidente. Cuando el CAME colapsó, los antiguos gerentes socialistas descubrieron que los productos que habían fabricado durante décadas no tenían clientes dispuestos a comprarlos a precios de mercado.
El ejemplo más revelador viene de Bulgaria, donde fabricaban montacargas Balkancar, tan resistentes como los tanques de la Segunda Guerra Mundial. La propaganda estatal adoraba estos “logros”. ¡Eran los número uno del mundo! No realmente. Los miembros del CAME los compraban. No tenían alternativas. Algunos se vendían en Occidente, con pérdidas, para pagar importaciones capitalistas de alta calidad.
Antes de ser fusilado por su propio pueblo en las Revoluciones de 1989, el dictador rumano Ceaușescu intentó hacer que Rumania fuera económicamente independiente de Moscú. El gobierno invirtió fuertemente en petróleo, acero, químicos, maquinaria, electricidad y otras industrias pesadas. El gobierno pagaba su deuda con los bancos capitalistas casi matando de hambre a su propio pueblo.
Durante los últimos años del régimen socialista, el país exportaba productos manufacturados y bienes agrícolas para obtener divisas fuertes, mientras racionaba la electricidad, la gasolina, los alimentos y otras necesidades en el país. Había reemplazado la dependencia del Kremlin y del CAME por la dependencia de las decisiones de sus propios amos brutales.
La economía soviética le ofrecía a sus consumidores un nivel de vida inferior al de los estadounidenses durante la Gran Depresión. ¿Quieres un televisor a color? Paga y vuelve el año que viene. Solo dile al gobierno qué color prefieres. ¿Quieres un auto, pero no quieres esperar una década tu turno para comprarlo? Claro, toma este Zaporozhets, casi tan bueno como el vehículo de Pedro Picapiedra.
En la década de 1980, un ruso tenía que pagar el equivalente a tres años de su salario para comprar un mediocre Moskvich. Por dentro, esos autos eran iguales a los modelos de 25 años antes. Un trabajador estadounidense podía comprar un Ford, cinco veces mejor con cinco veces menos esfuerzo. Mientras las ciudades de Estados Unidos sufrían de demasiado tráfico, las calles de Moscú estaban casi vacías.
Los ciudadanos soviéticos no podían simplemente entrar a un salón de exhibición y elegir un Audi, un Fiat o un Toyota en su lugar. No existía un mercado competitivo que castigara al fabricante por producir basura. El cliente tenía que aceptar lo que el Estado produjera, ya fueran salchichas, zapatos o cortinas de baño, y estar agradecido de que al menos estuvieran disponibles.
Los trabajadores fingían trabajar. El gobierno fingía pagarles. Los ciudadanos comunes esperaban años por un mediocre Lada. Los miembros privilegiados de la “nomenklatura” (líderes del partido y directores de fábricas) podían usar un Volga propiedad del gobierno, a menudo con chofer incluido. Se suponía que todos eran iguales, pero algunos eran más iguales que otros.
Por último, Cuba. Incluso 37 años después de la caída del socialismo en Europa, esa isla todavía sufre las consecuencias de haber adoptado las ideas marxistas. Tras unirse al CAME en 1972, Cuba se especializó en producir caña de azúcar mientras la Unión Soviética le suministraba petróleo, maquinaria y alimentos, todo a precios que tenían poca relación con las condiciones del mercado mundial.
Del total de las exportaciones de Cuba, el 80% se dirigía al CAME. Los términos de intercambio favorables le permitían a la población consumir mucho más de lo que producía. A pesar de los subsidios de Moscú, seguían siendo pobres. Cuando la Unión Soviética colapsó, el PIB cubano cayó aproximadamente un tercio. El impacto económico fue más severo que los efectos de la Gran Depresión.
Estos son solo algunos ejemplos que demuestran la imposibilidad de construir un orden económico racional basado en principios socialistas. Sin precios reales ni competencia, las órdenes del CAME podían convertir a un país en un gran productor de carbón, maquinaria, autobuses, montacargas o azúcar, mientras abrían el camino hacia el colapso económico.
En 1991, los antiguos países socialistas comenzaron a liquidar su comercio en monedas convertibles y a tasas globales. Las antiguas relaciones comerciales se habían construido en torno a prioridades políticas. Una vez que los compradores pudieron elegir y los vendedores tuvieron que competir, muchas industrias descubrieron que sus productos eran demasiado caros, demasiado anticuados o de muy mala calidad.
Las cifras del PIB que se le presentaban a Jrushchov creaban una ilusión de fortaleza económica. Los países socialistas construían fábricas, formaban ingenieros y fabricaban enormes cantidades de bienes industriales. Producían estadísticas impresionantes, pero no lograban producir valor para los consumidores. Así, las ineficiencias inherentes del socialismo sembraron las semillas de su propia destrucción.
El CAME organizaba la producción sin competencia y el comercio sin precios de mercado. Incluso subsidiaba países enteros a través de términos de intercambio distorsionados. Balkancar se convirtió en campeón mundial porque el gobierno permitía que solo un jugador estuviera en la cancha. Y con cada montacargas que fabricaba, Bulgaria se volvía más pobre, y el socialismo se acercaba más a su fin.