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miércoles, abril 29, 2026 Read in English
Créditos de imagen: Daniel Torok, Wikimedia

El problema chino con la deuda – y el nuestro


¿Se está armando una Segunda Guerra Fría?

Estados Unidos y China son las dos grandes potencias del mundo. Estados Unidos goza de la mayor economía, la moneda de reserva global, las empresas eminentes en inteligencia artificial y unas fuerzas militares con alcance global inigualable.  China posee la segunda economía más grande del mundo (muy por delante de Alemania, que ocupa el tercer lugar); domina en campos clave como los drones, las baterías y las tierras raras; una fuerza naval cada vez más formidable; y, dado su dominio exportador, una influencia sustancial sobre el comercio mundial. La Segunda Guerra Fría se está gestando.

¿O no?

Profundiza un poco más y ambas naciones empiezan a parecer como sociedades sorprendentemente frágiles que se deslizan, lenta pero inexorablemente, hacia el desastre. En una charla en un pódcast el mes pasado, Dan Wang, un analista sobre China, ofreció esta observación impactante:  offered a striking observation: “Estos dos países”, afirmó, deben “dejar de infligirse” a sí mismos “humillantes autoflagelaciones”. En Estados Unidos las divisiones políticas están arraigadas, persisten las distracciones de la guerra cultural y se está socavando el respeto por el principio de derecho. Mientras tanto, en China, la desilusión con el Partido Comunista Chino – aunque esté ocultado en gran parte de la vista Occidental – es profunda. A la vez, se informa que las fuerzas militares chinas desperdician casi la mitad de su tiempo tragando propaganda política en lugar de entrenarse para el combate.

Estas patologías sugieren que esta idea de “Segunda Guerra Fría”, si bien se debe tomar con absoluta seriedad, acabará por desinflarse en poco tiempo. Cada bando posee sus propias fallas distintivas, pero el freno más importante es compartido: ambos son imperios de deuda.

El problema de la deuda estadounidense es bien conocido por cualquiera que preste atención. La deuda federal ha alcanzado aproximadamente $38 billones. Crece al ritmo asombroso de $2 billones al año – un logro especialmente grotesco en un período de relativa paz y prosperidad – y la factura de los intereses ahora iguala y a veces excede lo que el país gasta en sus fuerzas armadas.  Según cualquier medida, la trayectoria de la deuda es sin precedentes e insostenible.

Más preocupante que la deuda en sí es la complacencia que la rodea. El economista Kenneth Rogoff notó, con su típico tono comedido, que “las probabilidades que el sistema logre reequilibrarse sin pasar por una crisis grave parecen escasas.” Los programas de prestaciones que impulsan el desequilibrio — sobre todo, Medicare, celosamente custodiado por los políticamente poderosos Baby Boomers—son tan sacrosantos que la mayoría de los líderes ya ni fingen contemplar un cambio de camino. Más bien, adoptan posturas teatrales y eluden el tema. Aquellos que atribuyen el déficit al despilfarro, al fraude o a una falta de “eficiencia” ignoran la realidad: el gasto en programas de prestaciones está desplazando progresivamente al gasto discrecional. Aquellos que sostienen que la reforma de Medicare equivale a lanzar a la abuelita por un precipicio caen en la demagogia. La mayoría de los jubilados reciben mucho más en beneficios de lo que hayan aportado en impuestos, y no hay justicia en un sistema que gasta muchísimo más en los de tercera edad de lo que invierte en su juventud.

En lugar de enfrentar la crisis inminente, incluso muchos economistas se han refugiado en la negación y el pensamiento mágico. Este impulso se ha expresado en ideas de moda como por ejemplo el “estancamiento secular” y la “teoría monetaria moderna” las cuales equivalen a actos de fe que la deuda ya no importa, que las tasas de interés siempre se mantendrán bajas, y que se ha “resuelto” la inflación. Fue una deuda insostenible que contribuyó a desmantelar el Imperio español, la monarquía francesa, y el Imperio británico. Pero Estados Unidos, se nos dice, es especial. En la sardónica frase de Rogoff, “Esta vez es diferente” – un sentimiento siempre costoso.

Janet Yellen, exsecretaria del Tesoro y expresidenta de la Reserva Federal, advirtió recientemente sobre la “dominancia fiscal”—una condición en la que la Fed, cediendo a presiones políticas, mantiene las tasas de interés artificialmente bajas, pase lo que pase, en un intento por mantener el servicio de la deuda en niveles manejables. Tal política propicia la inflación, tal como hicieron los gastos desenfrenados de la administración Biden tras la pandemia. La inflación socava el valor de la deuda estadounidense en manos de tenedores oficiales extranjeros. Esa erosión, a su vez, amenaza el estatus del dólar como moneda de reserva mundial, un estatus que contribuye a mantener bajo los costos de endeudamiento de Estados Unidos.

El desenlace es sombrío. Si Estados Unidos no logra imponer disciplina fiscal, los intentos de la Reserva Federal por compensar la situación mediante política monetaria acabarán generando tanto inflación como tasas de interés más altas. A partir de ahí, se experimentará un crecimiento más lento, represión financiera (la tenencia forzosa de deuda pública por parte de los bancos) y rendimientos reducidos para los depositantes, la erosión de los privilegios de la moneda reserva (como la capacidad de imponer sanciones financieras), y la inestabilidad política. Las cosas no acabarán bien.

China no se encuentra en mejor situación. En un momento dado, observadores estadounidenses admiraban la mano supuestamente firme del PCCh. Incluso ahora hay aquellos que se dejan impresionar fácilmente por los relucientes perfiles urbanos envueltos en luces LED. Pero el PCCh ha diseñado una economía desequilibrada y frágil.

A pesar de todas sus deficiencias, los programas de prestaciones públicos estadounidenses sostienen el consumo nacional. En cambio, el PCCh ha reprimido obstinadamente la demanda doméstica, buscando más bien el crecimiento a través de las exportaciones y la inversión en infraestructura. El resultado fue un frenesí de construcción impulsado por la deuda, liderado por los gobiernos locales, con todo y trenes en las que nadie viaja y apartamentos en las que nadie vive. El problema es especialmente agudo en el interior de China donde el declive demográfico – impulsado por bajos índices de natalidad y la migración a aquellas ciudades de luces deslumbrantes – ha acentuado la presión deflacionaria e intensificado el colapso inmobiliario.

Al final, será el gobierno central el que tendrá que absorber mucha de la deuda local. Según algunas estimaciones, la verdadera carga de deuda de China supera a la de Estados Unidos. La ruta de escape más prometedora sería reactivar un crecimiento acelerado. Pero, ¿cómo? Un mayor gasto en infraestructura se toparía con rendimientos marcadamente decrecientes.  Las tácticas habituales de robo de tecnología y manipulación cambiaria (para estimular las exportaciones) están llegando a sus límites.  La innovación de vanguardia sostenida (urgentemente necesaria ante la desaceleración del crecimiento de la productividad) requeriría liberar al sector privado, cosa que el PCCH se resiste hacer.

El Partido insiste en que el autoritarismo le confiere a China una visión de largo plazo de la que carece Estados Unidos. Sin embargo, la realidad es que la planificación centralizada es singularmente vulnerable al error y a la insensatez. La obsesión del PCCh con las industrias estratégicas conlleva una enorme asignación ineficiente de capital. Su política brutal que solo permitía que las familias tuvieran un hijo es la raíz del inminente colapso demográfico que lastrará el crecimiento durante mucho tiempo. Su supuestamente visionaria política de infraestructura ha generado un dilema de deuda con tanta certeza como la miope negativa de Estados Unidos a reformar sus programas públicos de prestaciones.

Nada de esto señala una calamidad inminente en cualquiera de los dos países. (Ahora bien, las revoluciones tienden parecer lejanas hasta el momento en que se producen.) Igual, el día de juicio de China parece estar más cerca. El PCCh puede recurrir a la coerción para escalonar las reestructuraciones y evitar una implosión económica repentina. Pero su trampa de crecimiento golpeará fuerte. El contrato social chino recae sobre un trato: el pueblo renuncia a su libertad a cambio de prosperidad. El estancamiento prolongado pondrá en peligro la legitimidad del PCCh.

Comprender el pensamiento interno del PCCh siempre es difícil. Para Pekín, ¿la inminente presión económica constituye un motivo por atacar a Taiwán más pronto que tarde? ¿O es más bien motivo por enfocarse en preservar la estabilidad nacional? No tenemos cómo saberlo. Lo que sí podemos – y debemos – hacer es prepararnos para toda contingencia. Actualmente, Estados Unidos carece de la profundidad de municiones y de la capacidad industrial como para sostener un conflicto prolongado. Además, el poder militar ha respaldado desde hace mucho tiempo la primacía del dólar. Es por esto que la el llamamiento de la administración Trump por un aumento considerable del presupuesto de defensa es bienvenido.

Tal como ha indicado el historiador Niall Ferguson: una gran potencia que gasta más en su deuda que en su ejército ya se está deslizando hacia la obsolescencia. Obviamente, la solución no consiste simplemente en aumentar el gasto militar mientras se acumulan los intereses. Harán falta recortes reales – lo cual significa decirles a los Boomers que dejen de recibir más de lo que aportan. (No cuenten con ello.)

A pesar de todo el rencor en Washington y en el entorno digital, Estados Unidos sigue siento un país tremendamente afortunado. El principio de derecho sigue, aunque renqueando; algo que resulta crucial, particularmente para los inversionistas. Los mercados de capitales siguen siendo profundos. El talento sigue llegando desde todas partes del mundo. Nuestra mayor vulnerabilidad podría estar en la medida en que nosotros – tanto nuestros líderes como el pueblo – damos por sentada nuestra afortunada herencia.  Que China pueda tambalearse primero es un magro consuelo. Nuestra deuda nos abatirá si no abandonamos el camino de los imperios exhaustos y decadentes.

Este artículo originalmente apareció en Law & Liberty.


  • Corbin Barthold es el Abogado de Política de Internet y Director de Litigios de Apelación de TechFreedom.Corbin obtuvo su Doctorado en Derecho (J.D.) en la Facultad de Derecho de la Universidad de California, Berkeley. También posee una Licenciatura (B.A.), magna cum laude y miembro de Phi Beta Kappa, por la Universidad de California, San Diego, y una Maestría en Ciencias (MSc.), con honores, por la London School of Economics.